Introducción

Las categorías de análisis “género” y “feminismo” han presentado diversos significados desde el pensamiento ilustrado. En el siglo XVIII la diferencia sexual correspondía a condiciones biológicas con una distinción entre los sexos: la racionalidad exclusiva del hombre, mientras los sentidos o sentimientos eran propios de las mujeres. Doscientos años después, bajo nuevas miradas sobre la sexualidad, se ha repensado el género y en específico la feminidad como una construcción histórica y sociocultural con sus luchas locales y macroestructurales, reivindicaciones, imaginarios, representaciones simbólicas sobre sus cuerpos, etcétera. Una dimensión que permite observar de formar particular el género es la espacialidad urbana; para mostrar esta condición, en este artículo se presenta el caso de la colonia San Miguel Teotongo, al oriente de la Ciudad de México, donde las mujeres ocupan el espacio público para visibilizarse y actualizar sus formas de arraigo.

El género como construcción social

A partir de la Ilustración, los principales ejes de la explicación de la realidad se basaron en dos dicotomías: una que diferenciaba a la naturaleza de la cultura, y otra al cuerpo de la mente. En este sentido, la esencia de las mujeres se relacionaba con la naturaleza, las emociones y el cuerpo; en tanto que el hombre se vinculaba con la razón, donde la mente y la cultura (lo masculino) tenían mayor jerarquía que el cuerpo y la naturaleza (lo femenino).1 En el siglo XVIII, a los pensadores de la Ilustración se les consideraba como el “ideal del hombre”, se les atribuían virtudes como objetividad, sabiduría, ética y neutralidad; por lo tanto, no se consideraba que sus sentimientos o su cuerpo intervinieran en su racionalidad, pues el “ideal” del hombre se basa en la desvinculación y supremacía de la razón sobre el sentimiento.

Esta dicotomía era la base para afirmar que los aspectos biológicos determinaban las características físicas, psicológicas, sociales y afectivas, lo cual distinguía a los hombres de las mujeres. Desde la óptica biologicista, las características que diferencian hombres de mujeres se generaban de forma “natural”; es decir, que el nacer con un sexo determina los rasgos de la personalidad de forma automática. El sexo se refiere a una distinción sustantiva entre dos grupos de personas, es un concepto taxonómico que divide a los hombres y mujeres de acuerdo con sus órganos sexuales.2

En la década de los sesenta, con la revolución sexual y el nacimiento del feminismo, se comenzaron a cuestionar las concepciones sobre la diferenciación entre los sexos, de esta manera se puso en crisis la visión biologicista y dicotómica y se creó el término de género. Lamas lo define como: “el conjunto de ideas, representaciones, prácticas y prescripciones sociales que una cultura desarrolla desde la diferenciación anatómica entre hombres y mujeres, para simbolizar y construir socialmente lo que es ‘propio’ de los hombres (lo masculino) y ‘propio’ de las mujeres (lo femenino)”.3

De esta manera, el género es una construcción social. A través de él se definen los sexos y la relación entre ellos: la división del trabajo, el poder político, lo público y lo privado, lo religioso. Incluso, Lamas afirma que: “la cultura marca a los sexos con el género y el género marca la percepción de todo lo demás: lo social, lo político, lo religioso, lo cotidiano. Por eso, para desentrañar la red de interrelaciones e interacciones sociales del orden simbólico vigente se requiere comprender el esquema cultural de género”.4

Ante la afirmación del género como una construcción sociocultural, en los sesenta se cuestionó el papel de la mujer en la toma de decisiones, lo cual implicaba una denuncia a la sumisión de la mujer bajo la idea del hombre. Entendiendo dicha correlación a partir del proceso capitalista de corte patriarcal, entonces era necesario emancipar el rol de la mujer para la toma de decisiones. Por estos años, para impulsar dicha emancipación, tuvo un papel muy importante el resurgimiento del libro de Simone de Beauvoir, El segundo sexo, la experiencia de la vida. En él, la autora establece la diferencia entre las categorías “Él” y Ella” en que, para la construcción del Ella se precisaba de una fuerza emancipadora que consolidara la idea de feminidad. En este sentido, Beauvoir5 la pensaba como una categoría desde la postura existencial marxista, lo cual codificó determinados postulados: si la ciencia ya no podía otorgar una verdad absoluta, se tendría que consolidar la idea de libertad de la mujer sobre sí misma; para su concreción se requería de una responsabilidad política emancipadora, que implicaba el cambio de significados y sentidos para reconfigurar la idea de mujer.

En las décadas posteriores surgió una fuerte crítica al primer feminismo ilustrado realizada por feministas negras y diversos grupos de otras mujeres, cuyo pensamiento estaba fundamentado en el posestructuralismo. Ellas cuestionaron los postulados de las feministas hegemónicas -blancas, universitarias y burguesas.6 Posteriormente, el posestructuralismo decantó en la perspectiva decolonial, la cual fue retomada en diferentes países. Mediante este acto se diversificaron los objetivos de las luchas feministas para dar cabida a las diversas concepciones de feminidad, de modo que actualmente no existe una idea única y totalizadora de Ella, sino múltiples Ellas que se transforman a lo largo de la historia y la localización geográfica.

Existen diversas posturas decoloniales, por ejemplo, Badinter7 explica que el nuevo discurso feminista busca dislocar la dualidad de género, para contrarrestar la idea de diferenciación biológica y el separatismo entre hombres y mujeres, porque perpetúan las condiciones de desigualdad entre los géneros. En una postura similar, Izquierdo8 menciona que el ideal de libertad burguesa se basa en el ejercicio de un poder que determina las diferencias sexuales. La autora plantea reconocer los mecanismos estructurales, visibilizarlos y establecer una resistencia en igualdad reivindicativa con los hombres desde la fuerza política. A este pensamiento, Barret9 aporta una propuesta política: la comunitarista, la cual plantea las condiciones de igualdad creadas por movimientos sociales locales como una alternativa a la visión capitalista.

Talpade considera que “si una de las tareas de formular y comprender la ubicación de los ‘feminismos del Tercer Mundo’ es delinear la forma en que esta ubicación resiste y trabaja en contra de lo que denomino ‘discurso feminista occidental’, un importante primer paso es el análisis de la construcción discursiva de la ‘mujer del Tercer Mundo’ en el feminismo de Occidente”.10 Con estas palabras, la autora indica que la observación de los hechos se encuentra delimitada por la mirada de quien la problematiza; es decir que las propias mujeres de los países colonizados tendrán que descolonizar su mirada para analizar sus propias problemáticas. Evidentemente surge una pregunta, ¿cómo proceder? Su respuesta gira en torno a deconstruir la relación de dominación estructural y las discursividades occidentales con su impronta ideológica. Es decir, irrumpir en aquellas narrativas monolíticas que han regulado la ideología feminista y convertido en ideales de un Ella universal.

Fotografía: Tania Montserrat García Rivera

Fotografía: Tania Montserrat García Rivera

Por ejemplo, una mujer ndembu de Zambia que realiza una práctica ritual de pubertad llamada nkang´a genera significados y sentidos sobre su propia representatividad en su sociedad matrilineal,11 no se trata de algún tipo de sometimiento de las mujeres a un supuesto régimen patriarcal. Para el caso de México, durante el Congreso Indígena en Chiapas de 1974, las mujeres tzotziles, tzeltales, choles y tojolabales participaron activamente en logísticas y plantones que reclamaban la escasez de tierras agrarias por el auge de la explotación petrolera en la región; sin embargo, como ellas fueron excluidas de la toma de decisiones, tuvieron que volcarse al comercio informal de artesanías y alimentos, lo cual modificó la unidad doméstica;12 esta situación no implicó para ellas mismas una sobreexplotación del trabajo de la mujer. En consecuencia, se tendría que entender las luchas particulares y los procesos macroestructurales que afectan a las mujeres en su propio contexto.

Si estos dos ejemplos son tomados desde la perspectiva de Talpade,13 apuntan hacia la deconstrucción del feminismo desde las luchas locales y sus relaciones con el poder, lo cual no implica simplemente observar de forma neutral, sino entender desde qué mirada se está problematizando; entender qué mirada construye “los cuerpos, mi cuerpo, nuestro cuerpo” y cómo es visualizado por los otros, lo cual es una parte importante para todo análisis de género.

En síntesis, la perspectiva decolonial deconstruye los universales de género instituidos desde Occidente e irrumpe con el concepto de lo femenino para establecer las diferentes luchas de resistencia y emancipación de las mujeres con la intención de visibilizar las relaciones de poder.

El posestructuralismo y la teoría decolonial señalan que la construcción simbólica del género implica cómo me pienso, nos pensamos y nos piensan los otros; esto significa que el actuar de los sujetos sociales no es innato, sino que está guiado por significaciones sociales en relación con un contexto. En otras palabras, estas guías determinan cómo debería actuar una persona de acuerdo a su sexo, por ejemplo el comportamiento que debería tener una mujer o un hombre en una sociedad occidental. Si se piensa el género como una construcción social, la idea de mujer no es fija sino que, al cambiar la sociedad, cambiarán las expectativas respecto a lo que debe ser una mujer. Por consiguiente, se puede afirmar que los significados con los cuales se piensa la realidad se encuentran en constante movimiento y cuando se modifican los códigos del contexto social se obliga a la sociedad a repensarse.

La postura contemporánea y probablemente la más radical retoma esta idea con la intención de “deshacer el género”, la cual es planteada por Judith Butler,14 quien lo considera como un concepto performativo (performance). Metafóricamente se explica si pensamos la vida como un gran teatro donde existe una serie de roles prestablecidos. Cuando una persona llega a escena se le asigna un papel, que el actor tienen la capacidad de tomarlo o dejarlo; sin embargo, cuando decide no actuarlo, el resto de sus colegas (la sociedad) lo rechazará como castigo. Para Butler, a lo largo de nuestra vida tenemos la posibilidad de reescribir nuestro papel y representar otros roles. En palabras de la autora: “El género es el mecanismo a través del cual se producen y se naturalizan las nociones de lo masculino y lo femenino, pero el género bien podría ser el aparato a través del cual dichos términos se deconstruyen y desnaturalizan”.15

De acuerdo con lo anterior, se puede concluir que la dimensión simbólica del ser humano se expresa en razonamientos o símbolos, dimensión imaginaria que al mismo tiempo es completamente natural en tanto que es inherente al ser humano. Por lo tanto, las divisiones que contraponen lo femenino a lo masculino representan un reduccionismo y un esencialismo que conducen a condiciones separatistas, como lo señala Badinter.16 En este punto conviene plantear que nuestro entendimiento del mundo no se aprehende por una razón trascendental (Kant), ni por un individuo biológico, sino por un cuerpo socializado (Bourdieu) que permite objetivar (categorizando) el espacio vivido. Por consiguiente, la dimensión simbólica y la espacial se encuentran entrelazadas intrínsecamente, siendo irreductible una de la otra. Lo simbólico es un elemento esencial para explicar el cuerpo o el espacio; sin embargo, esto no desvanece la dimensión corpórea y espacial del ser humano. La interacción de todas estas dimensiones posibilita diversas construcciones sociales, entre ellas la de género.

Fotografía: Tania Montserrat García Rivera

Para las disciplinas sociales surgidas del posestructuralismo, como la teoría decolonial y la geografía humana, el espacio urbano ya no puede ser definido únicamente por sus límites materiales, sino por la “combinación y la coincidencia de un conjunto de relaciones socio espaciales”.17 Es decir, que el espacio se considera como una serie de materialidades producto de la historia y los procesos sociales del hombre y la mujer; y a su vez, el espacio construido produce nuevos tipos de procesos sociales. Una forma en la que surgen esos nuevos espacios y relaciones sociales es a través de visibilizar las prácticas de las mujeres y el espacio que producen.

La descripción del mundo no puede basarse en dicotomías simples, pues por un lado hombres y mujeres no son complementarios ni opuestos, sino dos grupos humanos diversos con algunas características en común; por el otro, el espacio, lo social y lo histórico son elementos cuyas relaciones son múltiples y complejas. Sin embargo, es cierto que los varones han tenido la hegemonía sobre el modelo de ciudad, por lo menos en los dos últimos siglos.

Así lo narra Jane Darke18 en La ciudad modelada por el varón, donde muestra cómo la guerra, la propiedad privada y la reclusión de la mujer para garantizar la paternidad se han ocupado como métodos para subyugar a las mujeres. Además, la autora menciona el papel que han jugado los especialistas, como urbanistas o arquitectos, en esta diferenciación espacial. Por ejemplo, omitir baños para mujeres en un edificio de gobierno o la zonificación promovida por los urbanistas desde el siglo XIX, basada también en estereotipos de los roles de género.

Teniendo en cuenta lo anterior, la resistencia y las luchas locales desde la perspectiva decolonial son un medio para enfrentarse a esta producción de diferenciaciones espaciales inequitativas, con la intención de transformar las relaciones de poder hacia equilibrios más justos.

El caso de San Miguel Teotongo, un análisis socioespacial desde la perspectiva de género

En el actual contexto neoliberal, la mayoría de las grandes urbes han sido modeladas a través de una visión masculina;19 en este sentido es importante resaltar casos como el de la colonia San Miguel Teotongo porque representan una construcción simbólica espacial con una visión femenina y local. Cabe señalar que las mujeres de San Miguel no se reconocen a sí mismas como feministas, sin embargo, consideramos que es una lucha que reivindica el género femenino en búsqueda de la inclusión, y por lo tanto puede ser pensado desde una postura decolonial. Las mujeres se comienzan a visibilizar a partir de sus luchas por materializar su hábitat. La participación comunitaria durante más de 30 años se ha decantado en una organización social fuerte y estable cuyo nombre es Unión de Colonos de San Miguel Teotongo.

En el periodo comprendido entre 1950 y 1980, las colonias de la sierra de Santa Catarina se encontraban en la periferia de la ciudad. El origen y crecimiento de estas colonias ha sido producto de una lucha política constante de sus habitantes. La participación de la comunidad en la lucha, inicialmente, se generó por una necesidad habitacional más que por una convicción ideológica; el trabajo comunitario se centró en regularizar la tenencia de la tierra, lograr el reconocimiento oficial y la introducción de servicios básicos.

La ocupación de San Miguel Teotongo fue producto de una invasión promovida por la Central Campesina Independiente (CCI) en julio de 1972. Para 1975, se formó la Unión de Colonos de San Miguel Teotongo (UCSMT). A través de su participación en la UCSMT, las mujeres trascendieron su lucha del espacio domestico al espacio público, reconstruyendo así su rol socialmente asignado (madres de familia y cuidadoras del espacio doméstico); entonces ellas comenzaron a transformar su papel al tener una fuerte presencia política en la comunidad visibilizando en ella sus demandas políticas a las administraciones locales. Al ser una lucha que surgió desde la reivindicación del espacio femenino, no es raro que hoy en día la mayor parte de los integrantes de la unión de colonos sean mujeres y personas de la tercera edad, donde ellas continúan ocupando los lugares de liderazgo.

Fotografías: Tania Montserrat García Rivera

Entonces, las mujeres comenzaron a empoderarse en el ámbito público y generaron procesos de autogestión que buscaban configurar el espacio de acuerdo a su mirada. Para lograrlo, en 1983 la UCSMT solicitó el apoyo de la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Entre 1985 y 1992 se realizó un plan de ordenamiento de forma participativa con cientos de vecinos, la intención era lograr el reconocimiento por parte del gobierno. A finales de octubre de 1992 fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el Plan de Equipamiento Urbano de San Miguel Teotongo, con esto se logró cambiar la política urbana y ecológica del GDF para esta zona y se contemplaron ya los usos de suelo y los destinos del equipamiento ecológico que se habían decidido al interior de las colonias.

Con el plan de equipamiento urbano se logró que de 72 predios (116 ha), 70% (81.2 ha) se destinara para áreas verdes: parques recreativos, jardines vecinales, un parque ecológico y un vivero. En el planteamiento de las áreas comunes, la visión de las mujeres consideraba las dinámicas locales, pensando los espacios públicos para las familias y una diversidad de población en términos de igualdad e inclusión. A través de sus luchas, la Unión de Colonos ha impulsado proyectos autogestivos que han contribuido al mejoramiento de la calidad de vida de la comunidad. La UCSMT consolidó su organización sobre todo en la sección central, con el mercado, el salón de reuniones, la plaza cívica, el jardín de niños comunitario. Aunque también son importantes otros espacios públicos como la alameda, la cocina comunitaria, la biblioteca comunitaria, el parque público "El mirador", el parque ecológico y el museo de sitio.

Las mujeres de San Miguel Teotongo han librado una serie de luchas que intenta modificar la forma como se han dado las relaciones de género a través de nuevos procesos sociales. Esta modificación configuró el espacio de la colonia, la cual no corresponde con las colonias populares no organizadas, caracterizadas por la escasez de servicios, de equipamiento y áreas verdes. La comunidad de San Miguel Teotongo obtuvo de forma rápida el acceso a los servicios y sus integrantes han producido un equipamiento comunitario basto y amplias áreas de espacio público, las cuales facilitan las prácticas cotidianas de las mujeres, quienes son las que más significan y ocupan el espacio local.

Todos estos sitios muestran una historia local ligada a una constante lucha en contra de los procesos neoliberales de privatización de los espacios públicos, equipamientos y servicios urbanos. La configuración espacial de la colonia no se ha basado en procesos de valorización del suelo, sino en una relación que surge de las prácticas cotidianas de las familias y las mujeres en el territorio en el día a día. Muestra de ello son los nombres que reciben los equipamientos, que surgen por la demanda de realizar una actividad y se convierten en un símbolo que representa a cada zona. Además, la huella de estos procesos en resistencia de mujeres y hombres se ha manifestado en imaginarios ligados a símbolos revolucionarios como el icono de Zapata, cuya figura se encuentra plasmada en las expresiones artísticas de las paredes de los edificios y las estatuas que aparecen en los diversos espacios públicos.

Fotografía: Tania Montserrat García Rivera

Como se ha mencionado, las mujeres de San Miguel Teotongo primero participaron en la gestión para legitimar la propiedad del terreno donde construyeron su hogar; en un segundo periodo de participación, con apoyo de los técnicos de la UNAM, decidieron el diseño urbano de su barrio, y en un tercer momento tomaron las riendas de la construcción y el mantenimiento de la mayor cantidad de espacios públicos. A pesar de los años de resistencia y participación comunitaria, es necesario señalar que los procesos sociales no son definitivos, la igualdad es una condición inestable que requiere reconstruirse constantemente. En San Miguel Teotongo la igualdad entre hombres y mujeres se ha visto desgastada por los procesos de apropiación entre diferentes grupos de las áreas de reserva -es decir, el espacio público que no ha sido construido, carece de iluminación y donde la hierba crece hasta dos metros e impide la visibilidad. Para las mujeres, estos predios suelen ser el paso hacia sus hogares y se les representan inseguros, porque es difícil ver y ser visto, oír y ser oído desde su interior.20

Mientras que para el grupo de ellas y ellos jóvenes, las áreas de reserva han sido apropiadas para realizar actividades de convivencia que, a su vez, generan barreras sociales. Esta condición es característica de las periferias urbanas, debido a un Estado de bienestar en crisis que ha generado un ambiente de incertidumbre en los jóvenes respecto a su futuro, así como la falta de beneficios sociales y estabilidad económica. En esta situación, las y los jóvenes han tenido que reinventar su identidad para afrontar la casi imposibilidad de llegar a tener una vida según el ideal de la modernización y el desarrollo del american way of life. Estos grupos no pueden identificarse con los grupos que los excluyen; se resisten y finalmente encuentran nuevas formas de vivir y habitar que no tienen que ver con las ideas racionales y de progreso.

En estos espacios, las y los jóvenes generan elementos de seguridad contra el resto de grupos, haciendo simbólicamente lo que no pueden hacer físicamente: construyen fronteras culturales, las cuales se conciben como “el lugar donde la interacción produce diferencias y semejanzas, pero también las arenas de lucha por la simbolización de las prácticas sociales”.21 Estas barreras excluyen a grupos de otras colonias, el problema es que han funcionado también para excluir y ser excluido de las dinámicas que generan los grupos de la tercera edad y las mujeres; grupos que, como habíamos mencionado, son mayoría y controlan gran parte de la organización de la Unión de Colonos.

La gente de la tercera edad y las mujeres que participan en la Unión de Colonos tienen una visión ambivalente de las prácticas de apropiación de los jóvenes: por un lado, consideran que estos grupos las protegen contra un peligro exterior; sin embargo, por otro lado, los consideran como una amenaza (aunque muchos de ellos son familiares o amigos de un familiar).

Esta situación ha generado que muchas de las últimas gestiones impulsadas por la Unión de Colonos tengan como interés retirarlos del espacio público. Es decir, en las recientes intervenciones arquitectónicas de los predios baldíos para convertirlos en espacios públicos, se intenta dejar fuera a los jóvenes. Mientras, las y los jóvenes cada vez se sienten menos identificados con la Unión de Colonos como grupo de adscripción. Por tanto, es necesario que se recupere el diálogo entre las mujeres de la Unión de Colonos y las y los jóvenes para generar un relevo generacional, con la finalidad de gestar un nuevo periodo de estabilidad e inclusión en los procesos participativos comunitarios.

Conclusiones

La concepción biologicista sigue muy presente en los estudios científicos. En los estudios del espacio aún existen disciplinas que consideran la división de necesidades espaciales como resultado de una diferenciación sexual. Sólo ciertas disciplinas influenciadas por el pos-estructuralismo y los estudios feministas se cuestionan los determinismos e investigan el papel de los contextos sociales, culturales e históricos en la construcción del género. Para pensar e intervenir la ciudad para convertirla verdaderamente en un espacio multi-cultural es necesario que superemos la concepción dicotómica; a su vez, se necesita promover los estudios de las geografías con perspectiva de género, y del diseño urbano y arquitectónico con una orientación feminista.

La lucha femenina de las mujeres de San Miguel Teotongo se ejerce en el espacio local. Esta lucha debería considerarse como un ejemplo de las múltiples batallas de las mujeres en América Latina, las cuales tienen objetivos diferentes. Es decir, esta lucha no se inscribe en la exigencia universal de mujer occidental planteada por las mujeres burguesas universitarias de los años sesenta, la cual considera que la única manera de empoderarse sería al ocupar cargos de mando dentro del mismo sistema patriarcal. La resistencia de las mujeres en San Miguel Teotongo no aparece en las encuestas de mujeres ejecutivas o de diputadas en el congreso federal, sin embargo, su visibilidad ha cambiado las dinámicas y morfología de una zona de la ciudad.

La colonia San Miguel Teotongo, como otras colonias populares que han logrado mantener una organización comunitaria, tiene una configuración muy distinta a la generalidad de la ciudad. Esta configuración del hábitat está claramente ligada con las luchas de algunas mujeres por tener una calidad de vida en su hogar, entendiendo hogar no como el espacio físico de la casa unifamiliar, sino como el espacio local donde se dan las interacciones cotidianas. En este sentido, la lucha de las mujeres de la Unión de Colonos de San Miguel Teotongo implica resistir lo global y las lógicas patriarcales a través de visibilizar los ámbitos locales.

Por último, pensando en el futuro de San Miguel Teotongo, se puede decir que la división que se está gestando entre mujeres que participan en la Unión de Colonos y los jóvenes que se apropian de los espacios de reserva, propicia, únicamente, la fragmentación social y merma sus logros comunitarios. Por ello, sería importante buscar que los nuevos espacios y las renovaciones arquitectónicas logren incorporar a las nuevas generaciones e identificarlas con los procesos de la Unión de Colonos, de otra manera es muy probable que el espacio público de la colonia acabe abandonado o privatizado.

Fotografía: Tania Montserrat García Rivera

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bita Bitácora Arquitectura Bitácora 1405-8901 2594-0856 Universidad Nacional Autónoma de México 10.22201/fa.14058901p.2016.33.57257 Investigación La construcción de otras mujeres y de otros espacios: el caso de San Miguel Teotongo The Construction of Other Women and Other Spaces: The Case of San Miguel Teotongo Castañeda López Eric Ismael * Alcántara Hernández Leonel ** García Rivera Tania Montserrat *** Arquitecto, etnólogo, maestro en Arquitectura. Facultad de Arquitectura, Universidad Nacional Autónoma de México. México. kahakbala@gmail.com Universidad Nacional Autónoma de México Facultad de Arquitectura Universidad Nacional Autónoma de México Mexico kahakbala@gmail.com Arquitecto, psicólogo social, maestro en Arquitectura. Facultad de Arquitectura, Universidad Nacional Autónoma de México. México. arq_lah@yahoo.com.mx Universidad Nacional Autónoma de México Facultad de Arquitectura Universidad Nacional Autónoma de México Mexico arq_lah@yahoo.com.mx Arquitecta, maestra en Arquitectura. Facultad de Arquitectura, Universidad Nacional Autónoma de México. México. arq.tmgr@gmail.com Universidad Nacional Autónoma de México Facultad de Arquitectura Universidad Nacional Autónoma de México Mexico arq.tmgr@gmail.com 07 2016 33 32 39 Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons Resumen

Este artículo presenta un análisis de las ideas que han construido la categoría de género y las feminidades desde la ilustración hasta el posestructuralismo. La idea central es entender el feminismo como una construcción sociocultural que transita desde el reconocimiento de una mujer universal de corte occidental hacia la idea de las mujeres en diversidad de luchas emancipadoras. Bajo dichos términos, se realiza un estudio respecto de la construcción local de las feminidades en San Miguel Teotongo, sus resistencias y su manifestación en la espacialidad urbana.

Abstract

This essay analyzes the ideas that generated the notion of gender and femininity from the Enlightenment to post-structuralism. Its core argument is that feminism is a sociocultural construction that ranges from the recognition of a universal Western woman to the idea of women in diverse struggles for liberation. Through the use of these terms, this essay analyzes the local construction of feminities in San Miguel Teotongo, their resistance and expression in urban spaces.

Palabras clave: género mujeres feminismos performatividad imaginarios espacialidad urbana San Miguel Teotongo Keywords: gender women feminisms performativity imaginary urban spatiality San Miguel Teotongo

Localización de la colonia San Miguel Teotongo en la delegación Iztapalapa Plaza Emiliano Zapata. Jardín de niños comunitario. Zapata es un referente del imaginario revolucionario y la identidad colectiva.