bita Bitácora Arquitectura Bitácora 1405-8901 2594-0856 Universidad Nacional Autónoma de México 10.22201/fa.14058901p.2016.33.57358 Investigación Entre divisiones: Género y espacialidad Among Divisions: Gender and Spatiality Osorio Plascencia Laura Mariana * Arquitecta, Maestra en Arquitectura. Profesora, Facultad de Arquitectura, Universidad Nacional Autónoma de México. México. Universidad Nacional Autónoma de México Facultad de Arquitectura Universidad Nacional Autónoma de México Mexico 07 2016 33 112 117 Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons Resumen

Nacer con características anatómicas sexuales no es un hecho neutral, ya que culturalmente se asignan y establecen identidades de género que traen incorporadas normas, mandatos, creencias, actividades y trabajos que responden a la forma en que cada sociedad simboliza los cuerpos. A la par, se asignan espacios sociales a cada identidad genérica que se sitúan en lugares concretos, determinados por fronteras simbólicas, materiales e históricas que corresponden a un orden social y jerárquico. En ello reside la importancia del análisis urbano arquitectónico, ya que es un área que reproduce la estructura social de dominación a través del diseño y construcción de espacios como la vivienda.

Abstract

Born with sexual anatomical characteristics is not a neutral fact, since there are culturally assigned and established gender identities that bring built-in rules, mandates, beliefs, activities and works that respond to the way in which each society symbolizes the bodies. At the same time, are assigned social spaces to each generic identity, same that are placed in specific places, determined by historical, material and symbolic boundaries that correspond to a social and hierarchical order., Therein lies the importance of the architectural urban analysis, since it is an area that replicates the social structure of domination through the design and building materials spaces such as housing.

Palabras clave: Identidad de género vivienda uso espacio público espacio doméstico Keyword: gender identity housing use public space domestic space

I. El cruce

Con el lema “lo personal es político”, las feministas radicales de la segunda mitad del siglo pasado identificaron que la dominación masculina1 se encuentra enraizada en todos los espacios, desde el público hasta el doméstico. Por ello, se dieron a la tarea de analizar la realidad desde esta perspectiva, lo cual produjo una revolución teórica y política al hacer visible el patriarcado y al reflexionar sobre las relaciones de poder presentes en el propio núcleo familiar, mostrando con ello problemáticas antes vedadas.

Este acontecimiento es un precedente importante en la historia y en la vida de las mujeres, ya que es el motor que impulsa la introspección en torno a la construcción de identidades, asignaciones espaciales e interacciones personales que se realiza en todos los terrenos. Por ello, en este tenor se requiere revisar qué ocurre en la cotidianidad de “las relaciones que establecemos en nuestras camas, sillones, cuartos, colchones”.2

Este trabajo estudia el uso de la vivienda desde la perspectiva de la identidad de género, aspecto que sin duda requiere observarse en el marco de la cotidianidad, pues en ella se realiza el aprendizaje y la especialización de género que configura identidades a través de mensajes, normas, tareas, actividades y una serie de mecanismos de disciplina.3 Para el estudio se plantean las categorías de vivienda e identidad de género. Por la primera se entiende la arquitectura del espacio doméstico, el lugar habitable en el cual se llevan a cabo actividades necesarias para la supervivencia humana como descansar, defecar, alimentarse y asearse, pero también labores de índole social como el trabajo y la convivencia. Por ello, es el espacio en donde se efectúan interacciones entre los integrantes que la habitan, quienes mantienen relaciones de poder que discriminan y oprimen e incluso pueden explotar a las mujeres al poner en marcha la división sexual del trabajo.

Identidad de género es la configuración identitaria que cada persona elabora en el proceso de vida -sobre todo en los primeros años-, en el cual se sitúa como sujeto de género,4 es decir mujer u hombre. Esta identidad corresponde a la manera como las personas se perciben y conducen, ya sea individual o socialmente; así los seres humanos se apropian de los esquemas de género que se producen y reproducen en el lugar en el que habitan, “todos actuamos como nos dictan nuestras ideas, que siempre responden a una creación cultural y están histórica y espacialmente situadas”.5

La identidad, entonces, se configura de acuerdo con el momento histórico y el espacio geográfico en que la persona nace y crece, ya que se presentan variaciones culturales y sociales en lo que se construye y conceptualiza como orden de género, es decir lo femenino-masculino. Dicho orden asigna espacios sociales, políticos, ideológicos y físicos a cada género.

A la par, al espacio social, simbólico y físico se le atribuyen límites, jerarquías y valoraciones culturales que permiten la presencia o ausencia de las personas según sus características identitarias, “el espacio sirve para separar, y con frecuencia va unido a las formas de cómo una sociedad elabora y expresa sus relaciones de poder”.6

II. Entre divisiones: la configuración espacial e identitaria

La modernidad reconfiguró la espacialidad al dividir lo público de lo privado, ya que dispuso de una nueva organización social y de trabajo, en la cual separó el trabajo remunerado del doméstico (no remunerado). Esta nueva distribución colocó a los hombres en el espacio público y sujetó a las mujeres al lugar doméstico,7 lo cual se consolidó a través del discurso que dispuso dos identidades sociales con relación al trabajo. Una de ellas es “el proveedor”, es decir, el hombre encargado de llevar el alimento a la casa, y la otra es “el ángel del hogar” o “ama de casa”, una mujer que trabaja en el cuidado de la familia y del hogar. Estas dicotomías repercutieron en la forma de concebir la ciudad y la casa, así como el diseño urbano arquitectónico.

El punto de partida de esta reconfiguración fue la Ilustración, ya que fue el periodo que fundó nuevas maneras de percibir, mirar e interpretar el mundo a través de,

[L]a coronación del proyecto filosófico mismo, como la etapa de madurez de la razón después de una infancia ligada al mito, a las tutorías de la tradición o al despotismo de las autoridades ajenas a la propia razón […] La actividad práctica de la Ilustración tiene su resolución más canónica en la Revolución Francesa y el establecimiento de un nuevo orden burgués bajo las consignas de “libertad, igualdad y fraternidad”.8

Rousseau, el destacado hombre ilustrado, elaboró un tratado que apoyaba el nuevo orden social. Así en el capítulo cinco de su obra El Emilio sentó las bases de la división sexual del trabajo y de la redistribución espacial genérica del nuevo contrato social que establecía a través de Sofía -la nueva mujer en oposición a la mujer aristócrata- y Emilio -el ciudadano libre y autónomo. Para Rousseau:

Lo que mejor sabe Sofía, y lo que le han hecho aprender con el mayor cuidado, son las tareas propias de su sexo, incluso las poco corrientes, como cortar y coser vestidos. No hay trabajo de aguja que no sepa hacerlo bien y con gusto, pero el que prefiere a los demás es el punto de encaje, porque no hay otro que le permita una postura más agradable y que se ejerciten los dedos con más gracia y ligereza. También se ha aplicado a todos los quehaceres del hogar; sabe de cocina y de repostería, el valor de los comestibles, su calidad, lleva bien las cuentas y hace de ama.9

Según Rousseau, el lugar para Sofía es el espacio doméstico, cuya tarea principal es atender y cuidar a los integrantes del núcleo familia. Sin embargo, como Rosa Cobo ha señalado, “el nuevo ideal femenino de la domesticidad gana autoridad sólo a condición de reprimir sus deseos. El dominio doméstico priva a la mujer de autonomía y constriñe su subjetividad”.10

Un valor ilustrado que se incorpora al ideal identitario de las mujeres es la “virtud”, ya que, “la mujer virtuosa es la que ha trascendido la pasión, ha dominado el desenfreno sexual […] y se contenta con su domesticidad y su ‘sitio’ dentro de la esfera privada familiar”.11 Pero la virtud se entiende de manera diferente cuando se trata de los hombres. Rosa Cobo explica:

El varón no sólo es sujeto político, sino que también es sujeto en el espacio privado. En ambos espacios, la legitimidad del poder reposa sobre su calidad de sujeto. Ambos, el varón como sujeto político y la mujer como elemento central de la familia, son esenciales en la creación de la sociedad moral de El contrato social y de Emilio. La sociedad rousseauniana reposa sobre los conceptos de virtud. El problema es que la virtud reviste significados radicalmente diferentes para cada género. El varón alcanza la virtud al ejercer ciudadanía, mientras que la mujer deviene virtuosa al desempeñar las funciones de esposa y madre.12

Como se observa, se conforman y establecen mandatos, normas, tareas, trabajos y espacios diferentes para cada género. Nancy Armstrong define con el término “ficción doméstica” al aparato ideológico, político y social que se inscribe en las identidades de género a través de discursos de clara posición androcéntrica y burguesa que se desarrollan en las novelas, manuales de conducta y textos filosóficos a partir del siglo XIX, cuyo fin es incorporar la figura de mujer doméstica en la identidad femenina y con ello recluirlas en el espacio doméstico, es decir, la casa.13

Ambas imágenes identitarias -el ángel del hogar y el proveedor- se consolidan en el siglo pasado y repercuten en la manera en que las personas realizan los mandatos y trabajos, pero también influye en cómo interactúan social y cotidianamente cuando usan los espacios urbano-arquitectónicos. Por ello, la domesticidad es,

una invención, es decir, una construcción cultural; un concepto abstracto que hace referencia a la forma de concebir el hogar y el espacio circunscrito a él, de manera que la ocupación física, psicológica y simbólica de la vivienda adquiere unos rasgos determinados, llegando a generar un estilo y una forma determinada de vida.14

La figura de mujer doméstica se adapta en el imaginario social en diferentes partes del mundo. Hay que recordar que en la España franquista se elabora y distribuye la Guía de la buena esposa a inicios del siglo pasado, mientras que en el periodo entre guerras, Adolfo Hitler hace el llamado a las alemanas para que retornen a las formas tradicionales y abandonen los lugares que hasta ese momento habían conseguido, acorde a las tres K (Kinder, Kirche, Küchen, “maternidad, religión y tareas domésticas”). “Carnada sentimental que las mujeres suelen morder para su desgracia y como resultado del proceso de inferiorización”.15

El espacio que se construye en torno a la mujer es el hogar familiar, en dicho espacio los varones tienen un poder absoluto y vertical sobre sus miembros, al mismo tiempo en que es el lugar donde pueden obtener tranquilidad y reposo.16 Este modelo simbólicamente fusiona a las mujeres con la casa. La relación mujer-espacio doméstico es una construcción imaginaria en el sentido de que en todas las sociedades las mujeres realizan un trabajo productivo en todo el proceso de su vida, pero el discurso moderno se encarga de ocultarlo a través de la exaltación de la ficción doméstica.17

En este sentido es importante recordar la evidente y representativa labor decimonónica de las obreras en las grandes fábricas o las grandes luchas contra la opresión que han desarrollado las trabajadoras desde el siglo XVI a la actualidad.

III. Cotidianidad de uso y espacios

La vida cotidiana es hegemónica; en palabras de Ágnes Heller, se trataría de

el conjunto de las actividades que caracterizan las reproducciones particulares creadoras de la posibilidad global y permanente de la reproducción social. No hay sociedad que pueda existir sin reproducción particular. Y no hay [persona] particular que pueda existir sin su propia autorrepresentación. En toda sociedad hay, pues una vida cotidiana: sin ella no hay sociedad.18

Conforme a esta aseveración se produce y reproduce el orden de género, con las representaciones, actividades y conductas que clasifican a las personas.

La cotidianidad es el marco en donde se lleva a cabo la socialización de las personas y se adquiere la introyección consciente o inconscientemente sobre la forma de mirar, interpretar y concebir el mundo, la cultura y las relaciones sociales de género. Para Heller es en lo cotidiano donde se interioriza el orden burgués que mantiene formas de alienación, ya que automatiza la relación inmediata con la especie y crea una escisión entre el desarrollo como ser genérico y como individuo; en este sentido es también el ámbito donde se integra el orden de género y se realiza su aprendizaje.

Así, las imágenes identitarias de la ficción doméstica se aprenden y el rol de madres y esposas -cuyo fin es la atención y cuidado19 de los integrantes de la familia y de la casa- repercute en cómo usan el espacio doméstico, ya que las diferentes áreas de la vivienda se destinan para tales fines. De esta manera se puede observar que la cocina y el comedor se utilizan para producir y dar alimento, el cuarto de baño y de lavado para asear los cuerpos y los objetos, mientras que la sala y la recámara sirven para la recreación y descanso de los otros.

A partir del siglo XIX se ha ido fraccionando el espacio de las viviendas, como ya hemos visto, debido a las distintas funciones que se empiezan a dar en ella, cambio originado por los nuevos hábitos impuestos de comportamiento. Al quedar compartimentada la vivienda en distintos ambientes, surge un valor diferenciado en los mismos, reconociendo y valorando unos espacios más que otros, por ejemplo entre la cocina y el estar, o entre la cocina y el estudio. Esta valorización se da y está en función del “sexo” que lo usa o con la identificación del usuario.20

En este sentido, se plantea que el valor de determinada área de la vivienda está íntimamente relacionado con el sujeto que la habita; es decir, que en una sociedad patriarcal la supremacía la detenta lo simbólicamente masculino, por tanto la preeminencia de los espacios se atribuye a los hombres, y en un nivel abajo, a su descendencia.

La cotidianidad está situada, es decir, cada individuo observa y repite las maneras de relacionarse, conducirse, actuar y estar con su colectividad inmediata; como señala Kosík, el sujeto está determinado por el sistema de relaciones objetivas, pero también la cotidianidad es histórica, pues se reproduce diariamente y en ella cada sujeto distribuye el tiempo que le dedica a sus respectivas actividades en función de su prioridad.21 “cada sujeto de la misma cotidianidad puede ser remplazado por otro; los sujetos de la cotidianidad son sustituibles y reemplazables”.22 Así, Celia Amorós visibiliza que el estereotipo y la identidad de género se construyen dentro del marco de la cotidianidad:

[Las mujeres] somos percibidas como un estereotipo, como un modelo andante prefigurado que poco tiene que ver con nosotras; se nos atribuyen características de género y cualquier cosa es adjudicada a todas. “La mujer es…”, “las mujeres son”, desde Salomón hasta nuestros días. Estamos en el mundo para cumplir unas funciones establecidas, y para ello debemos estar disponibles, ser sustituibles, reemplazables, seres para los otros sin personalidad individual.23

IV. Conclusión

La cotidianidad puede ser muy monótona, es por eso que genera un conflicto cuando hay una irrupción, cuando se altera la periodicidad que cambia la historia. Ejemplo de esto es la situación que se comentó al inicio del presente texto, en donde las feministas de la tercera ola descubrieron las relaciones de poder y de dominación que atraviesan las identidades, y las mostraron no sólo a ellas mismas, sino a sus compañeros de vida. Esto motivó su participación en la casa, en la calle y en la escuela, pues al desarrollar investigaciones que evidenciaron prácticas de discriminación y subordinación, produjeron paradigmas que incorporaron un cambio de mirar y de actuar.

Betty Friedan, una de ellas, elaboró una amplia investigación acerca de la feminidad de algunas mujeres de Estados Unidos de la posguerra, donde señaló que: “cuando una mujer trata de expresar el malestar con palabras, con frecuencia se limita a describir la vida cotidiana que lleva”.24

Este tema es inacabable, sin embargo, la importancia de estudiar la vida cotidiana, la configuración de la identidad de género y la distribución espacial genérica, radica en visibilizar las prácticas, conductas y creencias que se realizan en la interacción social y que producen y reproducen el orden de género, de modo que simbolizan y provocan desigualdades. Por ello, se trata -como sugieren las feministas de la tercera ola- de visibilizar que “lo personal es político”.

Como se observa, la vivienda actual es un reflejo de la organización social, económica, cultural y política. Aunque cada hogar presenta particularidades que corresponden al contexto en que se asientan, se presentan generalidades como la jerarquización de los lugares habitables. Es un hecho que las mujeres permanecen en la casa para trabajar, para limpiar, cocinar, lavar, ordenar, planchar, etcétera. Frecuentemente usan el tiempo y el espacio para el cuidado de los integrantes y de la propia casa. Por ello, profundizar en el tema brinda la posibilidad de modificar situaciones y condiciones que aún oprimen a las mujeres.

Finalmente, suscribo las palabras con que Ágnes Heller invita a la ejercer la crítica de nuestra sociedad:

Quién se opone a los prejuicios dominantes, quien lucha contra todo poder opresor y no vacila, de resultar ello necesario -¡Y cuantas veces lo resulta!- en decir no en la opinión pública, y lo hace de modo constante, durante toda su vida y en su propio modo de existencia, es persona que posee, sin discusión posible, la virtud del coraje civil.25

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Pierre Bourdieu, en La dominación masculina [1998] (Barcelona: Anagrama, 2010), explica que el orden social funciona como una máquina simbólica que constantemente ratifica la dominación a través de derechos, privilegios o injusticias de unos sobre otros. En ella, la violencia simbólica -que se inscribe en la dominación masculina- actúa cuando se ejerce un principio simbólico conocido y admitido tanto por el dominador como por el dominado. De esta forma se impone la sumisión en las propias víctimas, porque la violencia simbólica se presenta invisible en la cotidianidad y las personas dominadas admiten como propios esquemas y modelos que imponen quienes dominan.

Alda Facio, ¿Por qué lo personal es político? (JASS Mesoamérica, 2013), 8. Disponible en el portal: http://www.justassociates.org

Michel Foucault, en Vigilar y castigar (México: Siglo XXI, 2009), refiere que la disciplina se ejerce en los cuerpos que se distribuyen espacialmente en función de determinados trabajos. Linda McDowell explica que “Foucault sostiene que no existe el cuerpo ‘natural’, y que incluso sus atributos biológicos se crean a través del discurso científico y otros discursos sociales”, en Género, identidad y lugar (Madrid: Cátedra, 1999), 80.

En la actualidad, social, simbólica y jurídicamente se reconocen dos géneros, hombre y mujer, aunque en los estudios feministas y de género se presentan discusiones en torno a ampliar las posibilidades.

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La modernidad establece la división sexual del trabajo, si bien ya se tenían prácticas desde la época clásica y feudal. “[…] en la aldea feudal no existía una separación social entre la producción de bienes y la reproducción de la fuerza de trabajo; todo el trabajo contribuía al sustento familia”. Silvia Federici, Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria (México: Pez en el árbol, 2013), 51.

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