Church  
 
Universidad Nacional Autónoma de México Campus Iztacala
.
Revista Electrónica de Psicología Iztacala
Vol. 6 No. 1
enero de 2003


Cultura y Personalidad: Hacia la integración
de una psicología cultural de rasgos
Timothy Church1
Washington State University



 
 
 
 
 

RESUMEN
 
Dos perspectivas teóricas actualmente dominan la investigación sobre cultura y personalidad, el enfoque transcultural de la psicología de los rasgos, para el cual el concepto de rasgo es algo central, y el enfoque de la psicología cultural, para el cual el concepto de rasgo es algo cuestionable. En este trabajo reviso la teoría y la investigación desde ambas perspectivas y propongo que los postulados de la psicología cultural, a lo menos en sus formas más moderadas, puede ser sintetizado con el enfoque de la psicología de los rasgos, resultando así en una perspectiva integrada de la psicología cultural de los rasgos.

Palabras clave: Psicología social, psicología de los rasgos, psicología cultural

Abstract

Two therorical perspectives currently dominate research on culture and personality, the cross-cultural trait psychology approach, in which the trait concept is central, and the cultural psychology approach, in which the trait concept is cuestioned. Here I review theory and research from both perspectives and propose that tenets of cultural psychology, at least in their more moderate forms can be sintethizised with the trait psychology approach, resulting in an integrated cultural trait psychology perspective.
Key words: Social psychology, trait psychology, cultural psychology.

  1 Investigador emérito de la Universidad del Estado de Washington  Correo: church@mail.wsu.edu
 
 
 
 
 
 

La centralidad del concepto de rasgo para la teoría de la personalidad, evaluación, y la investigación es evidente en la psicología occidental. Los rasgos definidos como, diferencias individuales relativamente estables o duraderas en cuanto a pensamientos, sentimientos y conducta han sido descritos como la parte central de la personalidad (McCrae y Costa, 1996), su característica central y definidora (A. Buss, 1989), y como algo que virtualmente se requiere para un entendimiento sistemático de la personalidad (Johnson, 1997). Otros han discutido que sin rasgos, el estudio de la personalidad y su aproximación psicometría no pudieran existir (Wiggins, 1997; Zuroff, 1986). Dada la centralidad de la perspectiva de los rasgos en la psicología de la personalidad, no es de sorprenderse que la psicología de los rasgos, sitúe su énfasis en los atributos internos y estables, que proveen la base teórica para la mayoría de la investigación transcultural sobre personalidad.

Ahora, consideramos los siguientes puntos de vista:

- El concepto occidental de la persona como un universo más o menos integrado en motivación y cognición, cerrado y único, un centro dinámico de conciencia, emoción, juicio, y acción organizada en forma de un todo distinto y un conjunto que se diferencia en contra de otros conjuntos y en contra de un fondo social y natural es por así decirlo, una idea peculiar dentro del contexto de las culturas del mundo (Geertz, 1975, p. 48)
- El concepto de la personalidad es una expresión del ideal occidental del individualismo (Hsu, 1985, p. 24)
- Los datos adquiridos de los inventarios de personalidad, proveen un apoyo ilusorio a la idea equivocada de que las diferencias individuales pueden ser descritas en un lenguaje que consiste de rasgos globales, factores o dimensiones libres de contexto (Shweder, 1991, pp. 275-276)
- La estructura universal (de la personalidad) no implica por sí misma que la personalidad entendida dentro de un marco Euro-Americano, sea un aspecto universal de la conducta humana, ni implica que la variabilidad de lo que aparece como una característica obvia de la vida humana, sea una función de un paquete interno de atributos llamado personalidad (Markus y Kitayama, 1998, p. 67)
-En varias, tal vez la mayoría de las culturas hay una ausencia evidente de un discurso que explique la conducta humana en términos de propiedades transituacionalmente estables y de motivación, captadas por explicaciones de rasgo y disposición (Hirschfield, 1995, p. 315)
- La personalidad es menos evidente en culturas colectivas, que en las culturas individualistas porque la situación es un determinante poderoso de la conducta social (Triandis, 1995, p. 74)

Estas citas subrayan un reto relativamente nuevo y significativo a la teoría de los rasgos y a la psicología de la personalidad. En algunas perspectivas más extremas, la noción completa de que la persona es una entidad psicológica separada con un sentido claro del ser y con procesos psicológicos internos es rechazada y presentada como una construcción occidental arbitraria. Si esto es cierto, rendiría cualquier esfuerzo por identificar, medir y categorizar los rasgos de la personalidad con individuos no occidentales como algo inútil. Incluso puntos de vista más moderados, aunque dichos puntos discutirían que las culturas difieren en su énfasis sobre el individuo o lo colectivo (Triandis, 1989, 1995), o en sus constructos del ser como independiente versus interdependiente con otros (Markus y Kitayama, 1991b, 1998) tienen consecuencias significativas para el valor y el papel de los rasgos como unidades de análisis entre las culturas.
En este artículo, se revisan las dos perspectivas teóricas que dominan la investigación de hoy en día sobre la cultura y la personalidad la aproximación transcultural de la psicología de los rasgos, en la cual el concepto de rasgo es central, y el enfoque de la psicología cultural, para la cual el concepto de rasgo es cuestionado. Pese a que estos dos enfoques no han sido integrados, ya sea teórica o empíricamente, se propone que los postulados de la psicología cultural, a lo menos en sus formas más  moderadas, pueden ser sintetizados con el enfoque de la psicología de los rasgos, resultando así en una perspectiva integrada de la psicología cultural de los rasgos.

Psicología Transcultural de los Rasgos

Aunque la distinción entre la psicología transcultural y la psicología cultural es difusa (Greenfield, 1997), algunas distinciones prototípicas pueden ser indicadas. En la psicología transcultural, la cultura es generalmente tratada como una variable independiente, y por lo tanto es implícitamente externa y es distinguible de la personalidad del individuo (Lonner y Adamopoulus, 1997). La cultura, se cree que impacta en varios grados la estructura, el nivel, y los correlatos de los varios rasgos.
Varios psicólogos transculturales apoyan la unidad psíquica de la humanidad la idea de que la mente humana y sus procesos son esencialmente los mismos en todas partes, a pesar de las diferencias culturales de contenido y contexto, el cual dan lugar a algo de optimismo acerca de la posibilidad de identificar dimensiones universales de la personalidad y de sus procesos. Los psicólogos transculturales de la personalidad están frecuentemente interesados en identificar universales culturales, evaluando la generalidad de teorías de la personalidad y constructos, clarificando el papel de las influencias culturales sobre la personalidad y la conducta.
El dominio del enfoque de los rasgos en la psicología transcultural de la personalidad, puede ser visto en los primeros y continuos trabajos transculturales sobre dimensiones específicas de diferencias individuales, tales como, motivación para el aprovechamiento, ansiedad, autoritarismo, diferenciación psicológica, locus de control, y la modernidad individual (para una revisión teórica de esto y los demás trabajos transculturales que tratan de valores, creencias, emociones, y motivación, vea Church y Lonner, 1998). Además, a pesar de que algunos psicólogos culturales han cuestionado el papel del concepto de los rasgos en culturas no occidentales, varios psicólogos no occidentales han descrito constructos indígenas que se asemejan a dimensiones de diferencias individuales o rasgos. Ejemplos de esto incluyen el concepto japonés de amae (dependencia complaciente; Doi, 1978) y sunao (docilidad y paz de mente; Murase, 1982); el concepto coreano de cheong (afecto humano; S. Choi, Kim, y Choi, 1993); el concepto indio de hishkama karma (desprendimiento; Sinha, 1993); el concepto chino de ren qin (orientación de la relación; F.M. Cheung y otros, 1996); el concepto mexicano de simpatía (evitar conflicto; Triandis, Marin, Lisansky, y Betancourt, 1984); y los conceptos filipinos de pagkikipagkapwa (identidad compartida), pakikirandam (sensibilidad, empatía), y pakikisama (llevarse bien con los demás; Enriquez, 1992).
La variabilidad del concepto de rasgo en las culturas ha sido (o podría ser) demostrado en algunos sitios, de la misma manera que ha sido usado para apoyar el concepto de rasgo en la psicología occidental. Estas podrían incluir evidencia empírica, en diversos ambientes culturales, como los siguientes: (a) la estructura de la personalidad replicable; (b) validez de criterio; (c) diferencias culturales replicables e interpretables sobre rasgos de la personalidad; (d) consistencia temporal y transituacional de conducta pertinente a los rasgos; (e) acuerdo de entre juez en evaluación sobre la personalidad; (f) herenciabilidad de rasgos relevantes con la cultura. La viabilidad del concepto de rasgo en las culturas, podría también ser fortalecido con la existencia de una teoría plausible que trata de la existencia de rasgos en todas las culturas. Se evaluó la evidencia en cada una de estas áreas en las siguientes secciones.

La Estructura de la Personalidad a través de las culturas

La viabilidad del concepto de los rasgos no requiere la existencia de algunos rasgos a través de las culturas. Dimensiones de rasgos específicos de la cultura pueden existir. Sin embargo, parte del mayor apoyo para el concepto de rasgo a través de las culturas, proviene de estudios sobre la compatibilidad transcultural de las dimensiones de la personalidad.
La mayoría de esta investigación ha sido del tipo transportar y probar, en la cual las dimensiones de la personalidad han sido operacionalizadas por instrumentos occidentales y los cuales han sido importados y evaluados en nuevos contextos culturales. Por ejemplo, la estructura del Inventario de la Personalidad NEO (Costa y McCrae, 1992), mide Cinco Grandes factores de la personalidad (p.e., Extraversión/Surgencia, Amabilidad, Conciencia, Estabilidad Emocional versus Neurotismo, Abertura a la Experiencia o Intelecto), se ha replicado muy bien en varias lenguas, aunque existen algunas cuestiones no resueltas acerca de la orientación óptima de las Cinco Grandes dimensiones que definen el circunflejo interpersonal (p.e., Extraversión y Amabilidad; Katigbak, Church, & Akamine, 1996; McCrae y Costa, 1997; McCrae, Costa, del Pilar, Rolland y Parker, 1998, Piedmont y Chae, 1997). Apoyo adicional para la universalidad de las Cinco Grandes dimensiones, proviene de los estudios factoriales de la Forma de Investigación de la Personalidad de Jackson y del Cuestionario No-verbal de la Personalidad (Paunonen y Ashton, 1998) y de los estudios factoriales analíticos de los marcadores léxicos traducidos de las Cinco Grandes dimensiones (Bond, 1979; Heaven, Connors, y Stones, 1994; Yang y Bond, 1990; Yik y Bond, 1993). Las dimensiones de otro número de modelos occidentales de la personalidad, también han sido muy bien replicadas a través de culturas (Ben-Porath, Almagor, Hoffman-Chemi, y Tellegen, 1995; Brief, Comrey, y Collins, 1994; Eysenck, Makaremi, y Barret, 1994; Paunonen y Ashton, 1998). Estos estudios proveen evidencia persuasiva de la habilidad para replicar los factores de la personalidad a través de culturas. Sin embargo, la conclusión de que uno puede replicar las dimensiones de cada uno de estos instrumentos muchos de los cuales no esculpen los aspectos de la personalidad de una manera idéntica sugiere que los instrumentos existentes imponen hasta cierto grado, su estructura en los nuevos contextos culturales.
Más evidencia persuasiva de la comparabilidad trascultural puede provenir de los estudios que buscan primero dimensiones indígenas, en vez de imponer una estructura ya existente desde fuera de la cultura. Tales estudios, también provocan una mejor oportunidad para las dimensiones únicas de la cultura para que sean identificadas. Los investigadores han reunido términos de rasgos indígenas bajo la suposición de que las diferencias individuales más sobresalientes de la personalidad estarán codificadas en el lenguaje natural (Saucier y Goldberg, 1996). En los estudios factoriales analíticos de evaluaciones sobre la personalidad que usan tales términos de rasgos, los Cinco Grandes han sido descubiertos en varias lenguas europeas, aunque la compatibilidad transcultural de la dimensión del intelecto ha sido menos definitiva (Caprara y Perugini, 1994; De Raad, Perugini, Hrebickova, y Szarota, 1998; De Raad, Perugini, y Szirmak, 1997; Shmelyov y Pokhil´ko, 1993, Szirmak y De Raad, 1994; ver Saucier, Hampson, y Goldberg, en prensa, para una revisión teórica). En los estudios léxicos asiáticos, las dimensiones similares a los Cinco Grandes surgen frecuentemente, pero las dimensiones indígenas algunas veces han diseñado el espacio de la personalidad de una manera un poco diferente (P.C. Cheung, Conger, Hau, Lew, y Lau, 1992; Church, Katigbak, y Reyes, 1998; Church, Reyes, Katigbak, y Grimm, 1997; Isaka, 1990; Yang y Bond, 1990; Yik y Bond, 1993). El modelo de los Siete Grandes, que comprende una Valencia Positiva, Valencia Negativa, y las dimensiones parecidas a las dimensiones de los Cinco Grandes, ha sido apoyado en pocas culturas cuando los términos evaluativos positivos (por ejemplo, admirable), y negativos (por ejemplo, malvado) han sido incluidos (Almagor, Tellegen, y Waller, 1995; Benet-Martínez y Waller, 1997; vease, sin embargo,  Church y otros, 1998).
Dadas las limitaciones del enfoque léxico por ejemplo, su tendencia a identificar solamente las dimensiones globales y de alto orden, y la posibilidad de que los aspectos de la personalidad estén codificados en el lenguaje natural, algo del mejor apoyo para la compatibilidad transcultural de la estructura de la personalidad, pudiera proceder del desarrollo de proyectos para tests indígenas en las varias culturas. Por ejemplo, Katigbak y otros (1996) construyeron un cuestionario indígena para evaluar los conceptos filipinos de personalidad saludable y encontraron seis dimensiones que coinciden con las dimensiones de los Cinco Grandes. Análisis factoriales simultáneos de las escalas del Inventario Indígena para la Evaluación de la Personalidad China (CPAI; F.M. Cheung y otros, 1996), y el Inventario de la Personalidad NEO, han sugerido que las escalas del  CPAI evalúan los Cinco Grandes, además de una dimensión especifica de la cultura, la cual, los autores nombran Tradición China (F.M. Cheung y Leung, 1998; véase también a Guanzon-Lepeña, Church, Carlota, y Katigbak, 1998). En resumen, el replicar las dimensiones comparables de la personalidad de una manera justa, usando ambos enfoques, el indígena y el importado en una gran variedad de culturas, proveen una fuente de evidencia para la viabilidad del concepto de rasgo a través de las culturas.

Validez de Criterio a través de las culturas

Poca investigación se ha dirigido sobre la equivalencia transcultural de las redes nomológicas (por ejemplo, correlatos conductistas) de las dimensiones de la personalidad. La viabilidad del concepto de los rasgos descansa sobre la habilidad de las evaluaciones de rasgos para predecir criterios importantes en una cultura determinada, y no sobre la equivalencia transcultural de estas relaciones del criterio de rasgo. Sin embargo, evidencia disponible sugiere que las evaluaciones de la personalidad frecuentemente predicen, criterios similares a través de culturas.
Por ejemplo, en una variedad de culturas, varios grupos de diagnostico han mostrado elevaciones que se esperaban en escalas del MMPI/MMPI-2 (Butcher, 1996; F.M. Cheung y Song, 1989; Strassberg, Tilley, Bristone, y Oei, 1992). Correlatos externos sensibles de las escalas del MMPI/MMPI-2, también han sido reportados en grupos étnicos y culturales (Dahlstrom, Lackar, y Dahlstrom, 1986; Han, 1996; Strassberg, 1997). Expectativas de perfiles de media aritmetica para varios grupos de diagnostico psiquiatrico en China han sido publicadas con la versión China del Inventario de la Personalidad NEO (Yang y otros, 1999). En una investigación de los caminos panculturales hacia la satisfacción Kwan, Bond, y Singelis (1997) encontraron redes nomológicas similares que se relacionaban con el modelo de los Cinco Grandes y con el autoconcepto de satisfacción de vida, y con la autoestima y el funcionamiento que se deriva de relaciones armoniosas como variables mediadoras en ambas culturas. Las escalas de la Socializacion y la Feminidad/Masculinidad del Inventario Psicológico de California, han diferenciado exitosamente a hombres y mujeres delincuentes, respectivamente, en muchas culturas (Gough, 1965; Gough y Bradley, 1996). Luk y Bond (1993) encontraron relaciones predecibles entre los valores y el puntaje de escala en la versión china del NEO-PI-R. Brief y otros (1994), encontraron relaciones significativas en Rusia, entre los puntajes de las escalas de Personalidad de Comrey, y una variedad de variables de actitud, personalidad, ajustamiento, y aspectos demograficos.
Mientras los estudios arriba mencionados hablan de la validez de instrumentos importados de culturas extranjeras, Zhang y Bond (1998) mostraron que las medidas asociadas con el Factor Indígena de Tradición China del Inventario de Evaluación de la Personalidad China (F.M. Cheung y otros, 1996), agregan una prediccion única del constructo sobresaliente indígena de piedad filial, que del provisto por la medida de los Cinco Grandes. Church y Katigbak (en prensa) revisaron teóricamente un número de estudios que apoyaban la validez predictiva y concurrente de instrumentos importados e indígenas en las Filipinas.
Al mismo tiempo, hay evidencia de evaluaciones de rasgos o de otros atributos internos (p.e. autoestima, afecto) que pueden tener menor validez predictiva en culturas colectivistas. En dos estudios con la Forma de la Personalidad de Jackson (FPJ), uno en las Filipinas (Fekken, Holden, Jackson, y Guthrie, 1987) y otro en Zimbabwe (Wilson, Doolabh, Cooney, Khalpey, y Siddiqui, 1990), los investigadores indicaron que evaluaciones (por compañeros) sobre descripciones de rasgos, correlacionaron significativamente menos con los puntajes de la FPJ, como típicamente sucede en los datos de Norteamérica. Los autores especularon que los sujetos de culturas colectivistas, tal vez se les hace difícil evaluar a conocidos, especialmente cuando se trata de rasgos sin un contexto situacional especifico. También, tres estudios encontraron que la autoestima y el humor son predictores más fuertes de la satisfacción de vida en culturas individualistas que en culturas colectivistas (Diener y Diener, 1995; Kwan, Bond y Singelis, 1997; Suh, Diener, Oishi y Triandis, 1997). En culturas colectivistas, la armonía en la relación (Kwan y otros, 1997) y la adherencia exitosa a las normas sociales (Suh y otros, 1997) tal vez, es más importante como determinantes de la satisfacción de vida.
Antes de que se haga cualquier conclusión acerca de la validez diferenciada de las medidas de rasgos a través de las culturas, es necesario hacer comparaciones transculturales más sistemáticas, que usen instrumentos equivalentes de rasgos y criterios comparables.

Diferencias Culturales Basados en la Media Aritmética

Se hallaron diferencias culturales replicables, basadas en puntajes de la media aritmética que se conforman a la teoría o expectativas que podrían proveer evidencia de la viabilidad transcultural de rasgos. Por ejemplo, Shiota, Krauss, y Clark (1996) han visto que las diferencias de la media aritmética entre muestras normales de Japoneses y Americanos en cuanto al MMPI-2, han sido consistentes con las caracterizaciones de lo Japonés, es decir, lo evaluado como armonía con los demás. Los japoneses han mostrado mayor control, menos extraversión, y más subestima, y menos iniciativa para compartir sus problemas. McCrae, Yik, Trapnell, Bond, y Paulhus (1998) concluyeron, con base a diferencias culturales de la media aritmética del NEO-PI-R, que la cultura en Hong Kong, relativo a la cultura canadiense, parece inhibir la fantasía imaginativa, necesidad por la variedad, y los valores humanistas así como el optimismo para la felicidad. Los autores interpretaron estas diferencias como algo consistente con las representaciones de la cultura china como práctica, conservativa, y cerrada.
La interpretación de estas diferencias culturales basadas en la media aritmética, pueden ser delicadas de evidencia suficiente, para que la equivalencia métrica transcultural sea importante. Las comparaciones extensas transculturales llevadas acabo por Eysenck (p. ej. Barrett y Eysenck, 1984; Eysenck, Barrett, y Barnes, 1993; Eysenck y otros, 1994; vease tambien Lynn, 1981; Lynn y Martín, 1996) han sido criticadas en este aspecto (Bijnen, van der Net, y Poortinga, 1996). Estos estudios han obtenido demostraciones de equivalencia estructural (factorial) pero no equivalencia escalar o comparabilidad de puntaje completo (van de Vijver y Leung, 1997). Sin evidencia de equivalencia métrica, las comparaciones basadas en la media aritmética son riesgosas, y pueden conducir a interpretaciones estereotipicadas, sino etnocéntricas. Por ejemplo, cuando Lynn (1981, p. 281) habla de que el promedio más bajo de puntajes en la escala de Psicotismo de Eysenck en países más ricos, es indicativo de mayor sensibilidad moral entre la gente Europea pudiera reflejar este riesgo.
Van de Vijver y Leung (1997) discuten métodos que pueden ser usados para establecer equivalencia escalar en estudios transculturales (es decir, comparabilidad completa de puntaje) en cuanto a reactivos y puntajes de escala. Por ejemplo, algunos estudios han aplicado métodos de la teoría de respuesta al ítem, para identificar reactivos que funcionan diferente a través de culturas (Ellis, Becker, y Kimmel, 1993; Huang, Church, y Katigbak, 1997). Un reto para los psicólogos transculturales, será separar muchos de los factores que influencian las comparaciones basadas en la media aritmética, incluyendo la traducción, o falta de equivalencia estructural, escalar y de muestra; o, diferencias culturales basadas en estilos de respuesta, autopresentacion, y juicio social; o, diferencias substanciales de la personalidad, basadas en diferencias socioculturales o biológicas. Por ejemplo, McCrae, Yik, y otros (1998), en un estudio de Hong Kong y Chinos-Americanos, combinaron el método bilingüe test-retest para hacer comparaciones de Chinos-Americanos en cuanto a sus diferentes niveles de aculturación hacia la cultura norteamericana, y de esta manera estudiar autoevaluaciones usando el NEO-PI-R y evaluaciones hechas por compañeros, en un esfuerzo por descifrar muchos de estos factores.
Finalmente, algunos autores han sugerido que los estereotipos de grupos étnicos pueden hasta cierto punto, captar de una manera exacta de codificar diferencias en rasgos basados en diferencias de la media aritmética entre grupos culturales (p. e. Ottati y Lee, 1995). Si es así, tales estereotipos podrían servir como otra fuente de información sobre el promedio de diferencias culturales de la personalidad, así como medios adicionales para validar las diferencias de rasgos basados en la media aritmética que se observan en los inventarios autoreportados, juicios hechos por compañeros y en observaciones conductuales.

Consistencia Transituacional y Acuerdo entre Jueces

La evidencia de consistencia transituacional de rasgos que son importantes para la conducta en diversas culturas, proveería un apoyo fuerte para el concepto de rasgos a través de las culturas. Varios estudios que tratan sobre la comunicación, interacción social, conformidad, resolución de conflicto y conductas que se refieren al enloquecimiento de recursos, mismas que sugieren que las conductas de las personas en culturas colectivistas pueden variar a través de endogrupos y exogrupos más que las conductas de personas de culturas individualistas (Gudykunst et al., 1992; Gudykunst, Ion, & Nishida, 1987; Leung, 1988; Leung & Bond, 1984; Triandis, Bontempo, Villareal, Asai, & Lucca, 1988; Triandis, McCusker, & Hui, 1990). Sin embargo, casi la mayoría de estos estudios han examinado conductas autoreportadas en situaciones hipotéticas o experimentales en vez de ambientes naturales donde se desenvuelve la conducta real.
Teóricos del individualismo-colectivismo parecen insinuar que la conducta de los individuos en culturas colectivistas es menor de rasgos o menos consistente trans-situacionalmente por lo general, es decir, para todos o la mayoría de los rasgos, aunque no han mostrado una explicación explicita de este punto de vista (Markus & Kitayama, 1998; Triandis, 1995). Zinder (1974, 1987) y su teoría de la autorregulación social, postula tales diferencias individuales en rasgos generales versus determinación conductual situacional, y por lo tanto parece ser un cuadro teórico de referencia prometedora para probar las diferencias transculturales de la consistencia importante sobre los rasgos. Snyder (1974) lanzó la hipótesis de que los individuos que muestran una autorregulación social alta, se preocupan acerca de lo apropiado de su conducta situacional o interpersonal y por lo tanto son libres de rasgos y mostrarían considerable variabilidad transituacional en su conducta. Como contraste a esto, los individuos que muestran una autorregulación social baja, se presentan como menos sensibles a las indirectas situacionales y como más guiados en su conducta por las disposiciones internas, y por lo tanto se detctan más rasgos en su conducta y muestran una consistencia conductual mayor a través de situaciones importantes de rasgos. Snyder (1987) se enfoco muy poco sobre diferencias culturales, pero sugirió que habría una autorregulación social más alta en la personalidad de Japón, una cultura colectivista.
El pequeño número de estudios transulculturales sobre autorregulación social ha dado resultados inesperados, sin embargo, Gudykunst y otros (Gudykunst et al., 1989; Gudykunst, Yang, & Nishida, 1987), así como Goodwin y Soon (1994) han encontrado un puntaje de autorregulación social más alto, no mas bajo en culturas individualistas que en culturas colectivistas. Furnham y Capon (1983) y Hosch y Marchioni (1986) no encontraron diferencias entre culturas individualistas y colectivistas en lo que se refiere a autorregulación social. Solamente Hamid (1994), quien uso el instrumento de Lennox y Wolfe (1984), y no el instrumento de Snyder (Snyder, 1974; Snyder y Gangestad, 1986), encontró diferencias en la dirección esperada: los Chinos de Hong Kong presentaron una autorregulación social más alta que los sujetos de Nueva Zelanda.
Gudykunst et al. (1989) sugieren que sus resultados se pueden deber, tal vez a la naturaleza cultural original del instrumento de Snyder (1974, 1979) y su conceptualizacion de autorregulación social, la cual es vista como no muy sensible a los aspectos de autorregulación social en culturas colectivistas, tales como el contexto y estatus del individuo. Una explicación alternativa para estos resultados inesperados es la siguiente: El constructo de autorregulación social de Snyder y su instrumento han evolucionado distancialmente de su enfoque principal sobre diferencias individuales en disposición hacia una concepción de determinación situacional de la conducta y esto está altamente correlacionado con la extraversión (John, Cheek, y Klohmen, 1996). Es el primer enfoque del constructo no la extraversión que deben mediar las diferencias culturales de media aritmética en la consistencia transituacional.
Los teóricos de los rasgos también consideran el acuerdo entre jueces, en criterios sobre la personalidad como evidencia persuasiva para la existencia de rasgos (Funder, 1991). Aunque no puede identificar ningún estudio transulcultural que utilize procedimientos equivalentes a través de las culturas para comparar el nivel de acuerdo entre jueces en los puntajes sobre personalidad, varios estudios monoculturales nos permiten algunas conclusiones cuidadosas. Por ejemplo, usando una versión en Alemán del instrumento NEO de Los Cinco Grandes, Riemann, Angleitner, y Strelau (1997) reportaron correlaciones entre los autoreportajes y los puntajes promedios de otros que varían del .46 al .60 (M=.55) y índices de acuerdos entre iguales (peer ratings) que varían entre los .59 y los .65.
Son estudios más importantes de acuerdo entre jueces (interjudge agreement) los de culturas colectivas o no occidentales, donde psicólogos culturales esperaran acuerdos más bajos entre jueces. Yik, Bond, y Paulhus (1998) demostraron un buen acuerdo entre jueces que obtuvieron presuntamente en una cultura colectiva como Hong Kong. Puntajes autoreportados o reportados entre iguales (peer ratings) tuvieron correlaciones entre .17 y .63 (M=.38) a lo largo de ocho escalas de la Escala Sino-Americana de Percepción Personal (puntajes entre iguales fueron basados en la media aritmética de cuatro o seis jueces). Acuerdo entre igual-igual (peer rating), marcado con correlaciones de entre clase, varió entre .64 y .85 (M = .74). Usando una versión Coreana del Inventario de la Personalidad NEO con Coreanos estudiados en los Estados Unidos, Spirrison y Choi (1998) reportaron correlaciones que por lo general eran comparables con aquellas reportadas en muestras de los Estados Unidos (Costa y McCrae, 1992; correlacion media r=.55). Usando una versión China del NEO-PI-R, Yang et al. (1999) reportaron correlaciones en una muestra psiquiátrica China que eran un poco más bajas (media=.40) que aquellas reportadas en una muestra adulta normal de los Estados Unidos (Costa y McCrae, 1992), pero no está muy claro, si esto se debe a factores culturales o al uso de una muestra psiquiátrica.
En resumen, aunque hay datos insuficientes en la actualidad para determinar si los acuerdos entre jueces (interjudge agreement) son más bajos en culturas colectivistas, la evidencia disponible sugiere fuertemente que los acuerdos entre jueces son substanciales y que han sido demostrados en culturas colectivistas. Entonces, cualquier diferencia cultural sería solo una diferencia de grado.

Heritabilidad y Madurez de los Rasgos de la Personalidad a Través de las Culturas

La evidencia acerca de la heredabilidad por sí misma es suficiente para indicar que los rasgos de la personalidad no son solamente construcciones culturales, pero algo intrínsico de la persona explica parte de la consistencia de la conducta y la experiencia (McCrae y Costa, 1995, p. 238). Hay evidencia contundente acerca de la heredabilidad moderada de rasgos de la personalidad, incluyendo los rasgos que esperaría que son especialmente susceptibles a influencias culturales (por ejemplo, tradicionalismo, absorción, apertura hacia la experiencia, altruismo, y creencias sociopolíticas y religiosas; Jang, McCrae, Angleiner, Riemann, & Livesly, 1998; Loehlin, 1992; Tellegen et al., 1988). Además, estimaciones sobre la heredabilidad no parecen ser muy diferentes a través de las culturas, aunque la evidencia en este respecto es mínima (Jang et al., 1998; Loehlin, 1992). Los estilos de madurez universales basados en rasgos de la personalidad a través de culturas, son muy diferentes también, pero no una garantía del nivel de control genético de los rasgos de la personalidad (e.g., McCrae et al., 1999).

Perspectivas Teóricas

Un gran número de perspectivas teóricas, coinciden con la existencia de los rasgos universales. Estas incluyen las teorías biológicas del temperamento y la personalidad (por ejemplo, Rowe, 1997), las teorías modernas evolucionarías (Buss, 1996; Hogan, 1996; McDonald, 1998), y la teoría de los Cinco Grandes de McCrae y Costa (1996).
Los teóricos evolucionistas sostienen que algunas dimensiones de estos rasgos han evolucionado para resolver problemas de adaptación, como el vivir en grupo y que están conectadas a un éxito reproductivo en ambientes ancestrales. Por ejemplo, Hogan (1996) propone que la reputación de la gente (i.e., su estatus social y aceptación) están codificados en la percepción humana y son usados para evaluar las posibles contribuciones de otros al éxito del endogrupo. Igualmente, Buss (1996) cree que los Cinco Grandes son dimensiones críticas de selección y que son importantes para identificar individuos que serán facilitadores estratégicos de las metas de uno. Buss postula que todos los seres humanos, han evolucionado mecanismos de detección de diferencias que les permiten colocar a otros en un continuo de las Cinco Grandes Dimensiones. Buss también afirma que el uso estratégico de rasgos es universal y cultural, usado para conseguir pareja, amigos y aliados; todos los seres humanos se aplican así mismos cualidades deseables en los polos de las dimensiones de los Cinco Grandes (i.e., táctica de atracción) y que éstas características estan asociadas con los polos negativos de sus rivales (i.e., difamación de competidores). Mientras que Buss (1996) y Hogan (1996) enfatizan las categorías de percepción de persona que han evolucionado, MacDonald (1998) ha propuesto la existencia de sistemas adaptivos universales que han evolucionado como sistemas neurofisiológicos discretos en el cerebro y que son sustrato de diferencias individuales en los rasgos de los Cinco Grandes.
En la Teoría de los Cinco Grandes de McCrae y Costa (1995, 1996), las tendencias básicas de la herencia (incluyendo las dimensiones de los Cinco Grandes) y sus influencias externas (incluyendo la cultura), son vistas como co-determinadores independientes de las características de adaptación como competencias adquiridas, actitudes y metas, y autoconceptos. La agenda que aquí se implica para los psicólogos transculturales es el determinar (a) el cómo los mismos rasgos universales se manifiestan a través de las culturas; y (b) los medios que diferentes culturas proveen para que los individuos expresen sus rasgos de la personalidad.
En resumen, los siguientes resultados apoyan la perspectiva de la psicología transcultural de los rasgos y que enfatiza: (a) una evidencia contundente sobre la heredabilidad y comparación de las cinco dimensiones de los Cinco Grandes; (b) evidencia suficiente de la validez de los rasgos de la personalidad para predecir criterios que son importantes para la sociedad a través de las culturas, con indicaciones preliminares que las relaciones de los criterios de rasgos pudieran ser más débiles en algunas culturas; (c) evidencia limitada de las diferencias culturales sensibles de los niveles promedios de rasgos, agravados por asuntos de equivalencia métrica; (d) evidencia limitada, pero no en ambientes naturales, de que la conducta pudiera mostrar una consistencia trans-situacional menor en culturas colectivistas; (e) evidencia limitada de que aún en culturas colectivistas, los jueces están de acuerdo en su juicio acerca de los rasgos de los individuos; y (f) bases teóricas amplias para la existencia de rasgos universales, especialmente desde las perspectivas evolucionarias.

Psicología Cultural de la Personalidad

En contraste con la psicología transcultural, la cual tiende a tratar a la cultura como una variable independiente distinta de la personalidad, los psicólogos culturales ven a la cultura  y a la personalidad como mutuamente constitutivos, y cómo va construyéndose el uno al otro, y como apoyándose el uno al otro (Markus, Kitayama, y Heiman, 1996; Miller, 1997; Shweder y Sullivan, 1993). En este sentido, la misma naturaleza del Yo es vista como algo construido socialmente y por lo tanto variable a través de las culturas, y la existencia de los rasgos de la personalidad como algo relativamente independiente de la cultura en cuestión. Aquí proveemos un resumen de las tres perspectivas de más influencia, explicamos algunas implicaciones para la psicología de los rasgos a través de las culturas, y resumimos la investigación más pertinente en este campo.

Richard Shweder: Portavoz Articulado de la Psicología Cultural

Richard Shweder ha defendido un número de posiciones que cuestionan la viabilidad de un esfuerzo en la psicología de los rasgos, especialmente a través de las culturas. Shweder (1991) define a la psicología cultural como el estudio de la manera en que las tradiciones culturales y las prácticas sociales regulan, expresan y transforman la psique humana, resultando así en una menor unidad psíquica para la humanidad y menos divergencias étnicas sobre la mente, el yo, y las emociones (p. 73). Porque, como él dice, la subjetividad y la vida mental de cada individuo son alteradas a través de un proceso de obtención de significados y recursos del ambiente especifico sociocultural (i.e., la persona como sujeto simbiótico), las personas y culturas se ínterpenetran cada una en su identidad y no pueden ser analizados en variables dependientes e independientes (p. 74). Es por ello que Shweder no cree en la existencia de dimensiones de la personalidad y de los procesos que son independientes de la cultura por ejemplo, él rechaza la existencia de un mecanismo universal central de procesamiento y, en cualquier caso, sugiere que tales universalidades sólo explicarían un poco acerca de las características intrínsecas del funcionamiento psicológico (Shweder y Sullivan, 1993).
Por ejemplo, en un estudio ampliamente mencionado, Shweder y Bourne (1984) compararon las descripciones de preguntas abiertas hechas ha personas estudiadas por Hindú-Americanos y Americanos. Concluyeron que las descripciones que los Hindú-Americanos mostraron, estaban más basadas en lo concreto y eran más dependientes del contexto, mientras que las descripciones entregadas por los Americanos eran más abstractas y más libres de contexto (i.e., los Americanos entregaron en sus listas términos de rasgos más globales). Los autores describen estos resultados como evidencia de una concepción más completa y sociocéntrica de la persona entre los Hindú-Americanos (i.e., el Yo sociocéntrico), comparado con la concepción más abstracta y autónoma de la persona entre los Americanos (es decir, el Yo egocéntrico). Miller (1994) posteriormente conectó tales diferencias en los conceptos de persona con diferencias culturales de los códigos morales, que se basan en la obligación y los que se basan en el individuo (e.g., basados en derechos individuales), respectivamente.
La mayoría de la crítica específica de Shweder (1991, pp. 269-312) sobre la cultura y la teoría de la personalidad, se dirije a problemas asociados con la escuela clásica de la cultura y la personalidad en antropología, en vez de tratarse de la teoría moderna de los rasgos. Esta crítica es importante para la teoría de los rasgos en lo que se refiere a la supuesta y baja consistencia de conducta y distorsión sistemática de las evaluaciones de rasgos, que han provisto sujetos cuando responden a teorías implícitas, y que han sido rechazados por la investigación reciente sobre consistencia conductual y el acuerdo entre jueces (interjudge agreement), a lo menos en estudios Occidentales (p. ej. Funder y Colvin, 1997; Kenrick y Funder, 1988). Sin embargo, Shweder (1991) alega que las evaluaciones basadas en inventarios de personalidad conducen a un apoyo ilusiorio de la equivocada idea de diferencias individuales que pueden ser descritas en un lenguaje que consiste en rasgos globales desconectados de un contexto, factores, y dimensiones (p. 276) y que esto provee un significante reto a aquellos que aplican conceptos de rasgos y evaluaciones a través de las culturas.

Markus y Kitayama: Puntos de vista del yo y la personalidad independiente versus interdependiente.

Markus y Kitayama (1998; Kitayama y Markus, 1999) discuten que diferentes suposiciones sobre las concepciones de la personalidad existen en las culturas y que éstas están caracterizadas por puntos de vista independientes e interdependientes acerca del yo (Markus y Kitayama, 1991b). El punto de vista independiente de la personalidad, el cual es él más conocido en los países occidentales, incorpora las siguientes ideas:

? La persona es una entidad autónoma definida por un conjunto distintivo de atributos, cualidades y procesos
? La configuración interna de atributos y procesos, determina la causa de la conducta (i.e., los orígenes de la conducta se encuentran en el individuo y la gente los conoce a través de sus acciones)
? La conducta invididual variará porque la gente varía en sus configuraciones de atributos internos y en los procesos y esta unicidad es buena
? La gente debe expresar sus atributos y procesos en la conducta para que exista una consistencia en la conducta a través de situaciones y estabilidad a través del tiempo y esta consistencia y estabilidad es buena
? El estudio de la personalidad es importante porque llevará un entendimiento de cómo predecir y controlar la conducta (Markus y Kitayama, 1998; p. 69)

En contraste, el punto de vista interdependiente de la personalidad, el cual es el más prevalente en Asia, África, Latinoamérica, y algunos países del sur de Europa, incorpora los siguientes puntos de vista:

? La persona es una entidad interdependiente que forma parte de una relación social envolvente
? La conducta es una consecuencia al reaccionar hacia otros con quien se es interdependiente. Los orígenes de la conducta se encuentran en las relaciones y la gente se conoce a través de sus acciones dentro del contexto de la relación social
? La naturaleza precisa de un contexto social dado, frecuentemente varía para que la conducta individual sea una variable de una situación a otra. Esta sensibilidad hacia el contexto social y la variabilidad que surge es buena
? El estudio de la personalidad es importante porque conduce a un entendimiento de la naturaleza relacional e interpersonal de la conducta (Markus y Kitayama, 1998, p. 70)

En una serie de artículos, Markus, Kitayama, y sus colegas explicaron: (a) el cómo los grupos culturales diferentes, están asociados con patrones característicos de participación sociocultural, o automaneras, y por extensión, las maneras específicas de la cultura de ser o tener una personalidad (Markus y Kitayama, 1998; Markus, Mullaly, y Kitayama, 1997); (b) el cómo los puntos de vista de un grupo cultural sobre el yo y la personalidad son permeantes en la cultura porque están enraizados en instituciones, prácticas y patrones, pero no sólo en ideas y valores (Markus y Kitayama, 1994, 1998); y (c) cómo las concepciones culturales sobre la coherencia de la personalidad son también construidas socialmente, con la concepción occidental de la coherencia como una consistencia conductual comparada con el punto de vista sobre la coherencia que no es occidental (al menos en Japón), el cual se caracteriza por un balance o armonía entre aspectos múltiples, y a veces contradictorios, del yo o de la personalidad (Kitayama y Markus, 1999).
Aunque Markus y Kitayama (1991b) reconocen la existencia de atributos internos del yo (p. ej., características personales, habilidades, y opiniones), estos atributos son vistos como específicos a la situación, y por lo tanto exclusivos y no confiables. Aún más, estos atributos se contrastan (aunque también en balance) con muchos aspectos de sí mismo en contextos específicos, y por lo tanto no son importantes para predecir conducta (Kitayama y Markus, 1999).
No de sorprenderse que Markus y Kitayama (1998) cuestionen los métodos y descubrimientos de la psicología transcultural de los rasgos. Ellos no creen en la importancia de la evidencia de los análisis factoriales acerca de las dimensiones universales de la personalidad tales como aquella de los Cinco Grandes. Ellos cuestionan que: (a) si tales resultados conllevan conceptos occidentales de la personalidad que se consideran universales; (b) si se les considera universales en el espacio semántico de los Cinco Grandes, encapsulan la estructura actual de la personalidad en diferentes culturas; y (c) si la complejidad de la personalidad y las vivencias pueden ser reducidas a cinco sustratos de los rasgos. Ellos aceptan que los individuos en todas las culturas pueden evaluarse a sí mismos, pero sugieren que la introspección y el autoreporte es una tarea más natural dentro de las culturas individualistas.
Markus y Kitayama (1991b) proponen una perspectiva teórica que ha tenido un impacto muy grande sobre la psicología transcultural y la psicología tradicional y que proveé un marco de referencia unificado para explicar muchas diferencias culturales en cognición, motivación, y emoción, que han sido identificadas en estudios transculturales, la teoría, sin embargo ha sido cuestionada. Por ejemplo, Matsumoto (1999) discute que la evidencia disponible proviene casi totalmente de Norteamérica y de Asia Oriental (especialmente de Japón), y que la lógica de la mayoría de los estudios ha sido sesgada porque los investigadores no midieron los autoconceptos, y la mayoría de los estudios han sido incluidos acerca del autoconcepto y sobre el individualismo-colectivismo, han aportado un apoyo muy pequeño para las diferencias culturales que se esperaban a lo largo de grandes limitaciones.
Matsumoto (1999), entre otros (por Ej., Church y Lonner, 1998; Kagitcibasi, 1997), también han advertido que los esfuerzos por caracterizar a las culturas o individuos en términos de dicotomías culturales tan amplias pueder ser simplista. De hecho, muchos investigadores han comenzado a investigar el yo en todas las culturas como algo que incorpora autoconceptos independientes e interdependientes en diferentes niveles, con diferentes niveles de sí mismo, los cuales son accesibles y prominentes de una manera diferencial en diferentes contextos (e.g., Oyserman, 1993; Trafimow, Triandis, & Goto, 1991). Esto suguiere que las implicaciones del autoconcepto para la descripción de la persona, atribuciones de rasgos, y consistencia conductual que han sido propuestos por Markus y Kitayama (1998) también pueden ser materia de importancia para los contextos culturales. Por ejemplo, la conducta importante de rasgos puede mostrar algo de la consistencia transituacional en todas las culturas, pero aún más, a través de diversas situaciones culturales, sobretodo en culturas donde los autoconceptos independientes son más sobresalientes.

Individualismo-Colectivismo y Personalidad

Aunque existen varias dimensiones que se han usado para diferenciar a las culturas (p. Ej., Hofstede, 1980), la dimensión de invidualismo y colectivismo domina la teoría contemporánea y los esfuerzos de investigación más importantes de la personalidad (p.e., Triandis, 1989, 1993, 1995). Triandis (1995) describe a los diferentes contrastes entre invididualismo y colectivismo, incluyendo los siguientes:

? Un sentido del yo como algo autónomo, e independiente, en vez de un sentido de ser que está conectado con el grupo (eso es, un autoconcepto independiente vs. Interdependiente; Markus y Kitayama, 1991b); (b) una prioridad dada a las metas personales sobre las metas grupales; y (c) un énfasis hacia los atributos personales en vez de los papeles sociales y las normas para guiar la conducta.

El individualismo-colectivismo han sido relacionados con la personalidad en tres maneras. Primero, a nivel cultural, el invidualismo-colectivismo han sido tratados como una variable independiente y se ha predecido que son a lo menos, una causa distante para diferencias culturales de la personalidad. Por ejemplo, Triandis (1989) propone un modelo ecocultural en el cual la ecología, la cultura, la socializacion, la personalidad, y la conducta social componen una secuencia causal. Por ejemplo, Triandis (1995) discute que las diferencias culturales en las prácticas de socialización o crianza en yuxtaposición con la dimension de independencia-interdependencia, son las responsables por las diferencias de la personalidad, las cuales están relacionadas con el invididualismo y colectivismo.
Segundo, el individualismo-colectivismo ha sido visto y medido como una variable de diferencias individuales, donde algunas veces se le ha referrido como idiocentrismo-alocentrismo (I-A; Triandis, Leung, Villareal, y Clark, 1985). Muchas medidas han sido construidas en años recientes para evaluar el I-C, o los autoconceptos de independencia e interdependencia como variables independientes (Hui y Yee, 1994; U.Kim, Triandis, Kagitcibasi, Choi, y Yoon, 1994; Matsumoto, Weissman, Preston, Brown, y Kupperbusch, 1997; Singelis, 1994; Singelis et al., 1996; Triandis y Gelfand, 1998) y algunos esfuerzos han sido llevados para investigar la validez convergente o la replicabilidad transcultural (pr. Ej., Grimm, Church, Katigbak, y Reyes, 1999; Rhee, Uleman, y Lee, 1996; Triandis y Gelfand, 1998). Church y Lonner (1998) sugerieron que si el idiocentrismo-alocentrismo son una dimensión de la personalidad, debemos poder describirlos como una combinación de las dimensiones de los Cinco Grandes. Pocos estudios han obtenido resultados que son parcialmente inconsistentes en este aspecto (Dollinger, Preston, OBrien, y DiLalla, 1996; Grimm, Church, Katigbak, y Reyes, 1999; Kwan et al., 1997; Realo, Allik, y Vadi, 1997).
En la literatura teórica, un número de rasgos y valores han sido asociados con el I-C (o I-A) (p.e., sobre el individualismo: independencia, la búsqueda de placer, la asertividad, la creatividad, la curiosidad, la competitividad, la autoconfianza, la eficiencia, la iniciativa, y el ser directo; a cerca del colectivismo: atención, respeto, humildad, dependencia, empatía, autocontrol, moderación, calidez, fidelidad, autosacrificio, conformidad, tradicionalismo, y cooperatividad; p.e., Ho y Chiu, 1994; Markus y Kitayama, 1991b; Triandis, 1989, 1993). Estas implicaciones para la personalidad sobre el I-C (o I-A) han sido apoyadas generalmente en estudios empíricos (R. Bond y Smith, 1996; L. H. Chiu, 1990; Grimm et al., 1999; Ho y Chiu, 1994; Hui y Villareal, 1989; Triadis et al., 1985; Triandis et al., 1990; Yamaguchi, 1994; Kuhlman, y Sugimori, 1995).
Tercero, el I-C ha sido presentado como un tipo de meta-rasgo: las culturas o los individuos que son más individualistas se hipotetizan como más rasgados que las culturas o los individuos que son más colectivistas. Es decir, los rasgos que juegan un papel más importante en el autoconcepto, en las descripciones de la persona, en las atribuciones causales, o en las predicciones de la conducta en culturas individualistas y en los individuos son comparados con las culturas individualistas y los individuos (Rhee, Uleman, Lee y Roman, 1995; Triadis, 1989, 1995). Es en cuanto al tercer uso del constructo I-C que los puntos de vista de los teóricos del I-C se asemejan más a los de psicólogos culturales tales como Markus y Kitayama (1991b, 1998).

Resumen de las Implicaciones para una Psicología de los Rasgos a traves de las Culturas.

Los puntos de vista más moderados de los psicólogos culturales y de los teóricos del individualismo y colectivismo (por ej., Markus y Kitiyama, 1998; Triandis, 1995) son consistentes con las siguientes predicciones a cerca de lo rasgado del autoconcepto, las descripciones de personas, las atribuciones, y la conducta en diferentes culturas, y la exactitud y validez de las evaluaciones de los rasgos:

? Los autoconceptos y las descripciones de otros, pueden ser definidas con menos atributos internos (es decir, rasgos), a lo menos de una naturaleza menos global y no-contextual, en culturas colectivistas, comparadas con culturas individualistas
? Las personas de culturas individualistas se enfocan más en los rasgos cuando hacen inferencias sobre la conducta, mientras que las personas en culturas colectivistas se enfocan más en los factores contextuales
? Las personas en culturas colectivistas exhiben una consistencia menos temporal y trans-situacional en su conducta que las personas de culturas individualistas
? La conducta de las personas en culturas colectivistas, comparadas con la conducta de las personas en culturas individualistas, será menos predecible a partir de las evaluaciones de disposiciones internas, tales como los rasgos de la personalidad o las actitudes y más predecible a partir de papeles sociales y de las normas.
? Las autoevaluaciones basadas en rasgos en culturas individualistas serán distorsionadas por tendencias de automejoramiento, mientras que las evaluaciones basadas en rasgos en culturas colectivistas no reflejaran estas tendencias y reflejaran tendencias de autodevalucción.

La primera prediccion parte de la hipótesis que sugiere que en las culturas colectivistas la persona es vista como un ser menos autónomo con atributos internos abstractos, y más en términos de relaciones especificas, roles sociales y contextos (Markus y Kitayama, 1998; Rhee et al., 1995). La segunda predicción parte de que (a) el énfasis diferencial de los atributos personales sobre las normas y papeles sociales son determinantes de la conducta en culturas individualistas y no en colectivistas; y (b) de la presuposición de que éstas diferencias conducirán a diferencias culturales en inferencias a cerca de las metas durante la atribución conductual (Krull, 1993; Newman, 1993). La cuarta y quinta predicción se deriva de la perspectiva de que las culturas individualistas se componen de personas autónomas que deben expresar sus atributos individuales, mientras que las personas en culturas colectivistas, deben exhibir conducta más variables a través del tiempo y en varias situaciones en respuesta a estímulos contextuales (p.e., Markus y Kitayama, 1998; Triandis, 1995). La quinta predicción prosigue de la hipótesis que aquellos con yoes independientes, para quienes los atributos internos son algo central para su propia identidad, serán motivados a identificarse, confirmar y mejorar sus atributos internos en una manera positiva del yo (Heine y Lehman, 1995ª, 1997ª; Kitayama, Markus, Matsumoto, y Norasakkunit, 1997). Evidencia empírica relacionada con la cuarta y la quinta prediccion, que han sido revisadas previamente en las secciones sobre la consistencia transituacional y la validez de criterio.  En las secciones siguientes, se citan primero algunos reportes etnográficos que hablan sobre las diferencias culturales de los conceptos del yo, y de la personalidad. Posteriormente se da un resumen de la investigación que compara las culturas, describiendo las predicciones relacionadas con los rasgos de la psicológia cultural.

Reportes Etnográficos

Las perspectivas de la psicología cultural sobre la personalidad se derivan en parte, de los reportes etnográficos sobre los conceptos del yo, especialmente en Asia y en las culturas del Pacífico (p.e., Geertz, 1975; Marsella, DeVos, y Hsu, 1985; Rolland, 1988; Rosaldo, 1980; Rosenberger, 1994b; White y Fitzpatrick, 1985). De hecho, la mayoría de antropólogos prefieren nombrar este campo de estudio como la cultura y el yo en vez de la cultura y la personalidad, lo cual refleja tal vez la imagen manchada de la escuela clásica de la cultura y personalidad (Lebra, 1994, p. 105), el punto de vista de que el concepto de personalidad, capta la noción occidental o individualista de las personas y sus conductas (Hsu, 1985; Smith, 1985).
Los reportes etnográficos de Asia y de las culturas de las islas del Pacífico, las cuáles se describen como más relacionadas (es decir, colectivistas o sociocéntricas) proveen algo de apoyo para la perspectiva de la psicología cultural del yo, y de la personalidad (por ej., Fajans, 1985; Geertz, 1975; Hsu, 1985; Lebra, 1994; Lutz, 1985; Mageo, 1998; Rolland, 1988; Rosaldo, 1980; Rosenberger, 1994b).  Por ejemplo, Lutz (1985) muestra que entre los Ifaluk (en Macronesia), el punto en donde el yo termina y el otro comienza, no está ni fijo ni conceptualizado como una pared impenetrable (p. 43). Lutz cita el uso frecuente del pronombre nosotros en los casos donde el pronombre yo se usaría típicamente en las culturas occidentales (por ej., estamos adoloridos) y discute que esto provee evidencia contundente de que el punto de vista relevante es aquel del grupo en vez del individuo (p. 44).
Rosenberger (1994a) discute que la palabra para yo en Japones, jibun, significa autoparte, implicando así que el yo, no es esencialmente a parte o separado del mundo social de los grupos y las relaciones. De igual manera, Hsu (1985) dice que la palabra China para humano es jen, lo cual significa las transacciones individuales con sus seres humanos prójimos (p. 33). Hsu discute que el énfasis principal del concepto jen es el lugar del individuo en la red de relaciones interpersonales y tambien los deseos personales, predilecciones, y ansiedades del individuo las cuales son evaluadas en terminos de que si facilitan o detienen éstas relaciones interpersonales. Mageo (1998) también ha subrayado que en sociocéntrica, Samoa el término para yo es aga, el cual se traduce como naturaleza o carácter esencial. Sin embargo, aga tambien significa persona, implicando así, que los papeles sociales o máscara constituyen la naturaleza de uno o el sentido de ser. La premisa ontológica del Samoano, es que la gente son jugadores sociales y el cual conlleva una premisa moral de que los individuos debe ajustarse al papel social conforme a su status y rango dentro del grupo.
Al mismo tiempo, los estudios etnográficos que hablan del papel de las diferencias individuales o de los rasgos de la personalidad en culturas colectivistas, proveen evidencia de que los rasgos en varios niveles, juegan un papel en el entendimiento de las personas y su conducta en las culturas. Por ejemplo, Lutz (1985) subraya que la gente Ifaluk prefieren explicaciones sobre sus conducta, pero que las explicaciones en términos del tip (voluntad/emocion/deseo) del individuo o de los rasgos permanentes de la personalidad (p.e., temperamento fuerte serenidad), son expleados cuando la conducta no se puede explicar en términos de características
Aún más, se concuerda con Lutz solamente un pequeño número de términos sobre rasgos que son aplicados con regularidad para describer los rasgos permanentes de la personalidad, y menciona también un número de términos de rasgos que en Ingles son indicatores reconocidos de las dimensiones de los Cinco Grandes (por ejemplo, metagu (miedo/ansiedad), muela (generoso/amigable), sheowefish -trabajador y cuidadoso en el trabajo-).
Whiting (1996) cita un número de términos de los Kikuyu (en Kenia) para rasgos interpersonales (por ej., respetuoso, generoso) y para los rasgos individualistas o autorasgos (por ej., cuidadoso, compuesto, confiable, astuto, trabajador). También, las madres de los Kikuyu, pudieron describir los rasgos que consideran importantes para el éxito de sus hijos en la escuela y que son vistos como rasgos que son heredables (por ej., de buen corazón, generoso, de confianza, valiente, astuto).
Mageo (1998) subraya que en Samoa el yo personal, o loto, es visto como algo que interfiere con el papel social ideal y que el lenguaje Samoano abunda con términos de loto que describen o evaluan las disposiciones internas de las personas (por ej., lotolelei (bondadoso), lotomaaa (obstinado), lotomitamita (orgulloso), lotoalii (cortés). Mageo (1998) teorizó que es la orientación sociocéntrica de los Samoanos la que, irónicamente, genera una intensa y obsesiva relación con la vida interior y las disposiciones del habla diaria de los Samoanos acerca de las personas (p. 7).
White (1985) enfatiza que la naturaleza interpersonal de los términos del rasgo Aara (las Islas de Salomón) y sostiene que las descripciones del Aara en la gente pone énfasis sobre las interacciones y relaciones interpersonales. Sin embargo, los resultados del escalamiento multidimensional de los términos de Aara claramente revelan que los términos de rasgo de Aara, definen las mismas dos dimensiones que hablan sobre el circumplejo personal de la psicología occidental (por ej., Wiggins, 1979). Shweder (1991, pp. 140-143) encontró resultados similares usando rasgos de términos con los indígenas Oriyan (India). Además, cuando los informantes Oriyan agrupan características conductuales en categorías y las nombre, ellos pueden generar 420 términos y tipos de rasgos, lo cual indica que ellos pueden inferir rasgos de las descripciones conductuales. Schieffelin (1985) subraya que la importancia de las diferencias individuales de la personalidad en una sociedad egalitaria como Kaluli (Nueva Papua Guinea), donde en el hombre, el valor es colocado sobre la asertividad individual y cuando el temperamento del ser humano o su tendencia al enojo, es una característica mayor, es esto por el cual es juzgado el carácter.
Reportes etnográficos más ambiguos a cerca del papel de los rasgos de la personalidad, son provistos por Kirkpatrick (1985), Fajans (1985) y Kirkpatrick (1985) subraya que los Marquesanos (Polinesia Francesa) esperan que los individuos tengan cualidades distintivas, y que éstas sean parte de la organización visible y personal recurrente (p. 109), pero también contiende que los rasgos observados no dicen nada a cerca de cómo los Marquesanos ven a la persona, mientras que el estilo interactivo de la persona sí lo hace. Fajans (1985) indica que Baining (Nueva Papua Guinea) tiende a describer a los otros, en términos de sus papeles sociales y sus interacciones personales, pero si se les presiona a categorizar a las personas y sus conductas lo harán usando términos tales como atlo (bueno, trabajor), abu (malo, flojo), y akambain (loco, salvaje, borracho, perdido).
En resumen, la evidencia etnográfica sugiere que las culturas difieren en sus conceptos del yo, o de la persona, en maneras que sugieren diferencias culturales relativas en lo más sobresaliente del autoconcepto dependiente o interdependiente (Markus y Kitayama, 1991b). Al mismo tiempo, la evidencia también indica que aún en culturas sociocéntricas, las personas y su conducta son descritas y entendidas, hasta cierto grado, en términos de rasgos de la personalidad, esto bajo ciertas condiciones apropiadas. Inclusive, la existencia aparente de las descripciones de los rasgos en todas las lenguas (Dixon, 1977; Saucier y Goldberg, 1996) parecería que sugiere la importancia universal de los rasgos, aunque es concebible que los términos de rasgos pudieran ser usados en algunas culturas para describir sólo conductas, no individuos. Menos claro es aún el grado hasta el cual los rasgos de la personalidad son vistos en psicologías autóctonas o etnopsicologías como son concebidos en las culturas occidentales, es decir, que reflejan tendencias relativamente estables a través del tiempo y en varios contextos, como algo predictivo de la conducta. Debemos mencionar, que un papel débil de los rasgos de la personalidad en las teorías indígenas de las varias culturas, no implica una falta de poder predictivo de los rasgos hacia la conducta en estas culturas. Ahora cambio mi discusión de estudios etnográficos o antropológicos a estudios culturales y comparativos llevados a cabo principalmente por psicólogos.

Rasgosidad en Los Autoconceptos

La gran mayoría de estudios culturales comparativos sobre el autoconcepto, han usado el Test de los Veinte Enunciados (TVE), en el cual los participantes completan el enunciado Quien soy yo?, el cual es presentado veinte veces. De acuerdo con las predicciones de la psicología cultural, los investigadores han tratado de encontrar grandes proporciones de respuestas idiocéntricas (es decir, rasgos, aspiraciones, preferencias, etc.) en culturas individualistas y proporciones más grandes de respuestas alocéntricas (por ej., papeles sociales, relaciones) en culturas colectivistas.
Alrededor de la mitad de los estudios con Asiáticos, han apoyado extensamente estas hipótesis teoricas (Bochner, 1984; Cousins, 1989; Dhawan, Roseman, Naidu, Tapa, y Retteck, 1995; Shweder y Bourne, 1984; Trafimow, Triandis y Goto, 1991, 1991; Triandis y al., 1990). Los otros han mostrados resultados negativos o mixtos (Bond y Cheung, 1983; Ip y Bond, 1995; Lalljee y Angelova, 1995; Rhee et al., 1995; Watkins y Gerong, 1997). Cuando muestras más grandes de culturas han sido usadas, los resultados por lo general han fallado en apoyar estas hipótesis (Lalljee y Angelova, 1995; Osyrman, 1993; Watkins, Adair, Akande, Cheng, et al., 1998; Watkins, Adait, Akande, Gerong, et al., 1998). Por ejemplo, en un estudio de cuatro culturas individualistas y colectivistas, Watkins, Adair, Akande, Gerong, et al. (1998) encontraron que las culturas colectivistas daban en promedio respuestas más altas (70%) que las culturas individualistas en respuestas idiocéntricas. Es también claro que de estos estudios las personas en culturas colectivistas usan rasgos y otros atributos personales en sus autodescripciones, así que las diferencias culturales sobre la rasgosidad del autoconcepto es por lo menos, un aspecto relativo. Estos resultados inconclusos pueden ser por las limitaciones del método del TVE, incluyendo el proceso subjectivo de codificación, los sistemas diversos de codificación que han sido usados, la confiabilidad incierta del test-retest, y las cuestiones no resueltos acerca del número óptimo y de las cargas asignadas a las respuestas (Watkins, Yau, Dahlin, y Wondimu, 1997).
En pocos estudios, los investigadores han usado inventarios objetivos del autoconcepto o de la identidad para medir la importancia o centralidad de los diferentes aspectos del autoconcepto, con resultados mixtos (por ej., Oyserman, 1993; Watkins, Akande, Fleming, et al., 1998). Por ejemplo, Watkins, Adair, Akande, Cheng, et al. (1998) concluyó que los resultados en 5 culturas individualistas y colectivistas usando el Inventario de las Fuentes Adultas de Autoestima, resultó en interrogantes acerca de la validez de las hipótesis basadas en el constructo del I-C. Por ejemplo, los individuos de culturas colectivistas, comparados con aquellos de culturas individualistas, reportan una importancia mas marcada sobre relaciones familiares pero no en relaciones sociales como un elemento del autoconcepto. Además, las relaciones familiares (un aspecto colectivista) y las metas personales (un aspecto individualista) fueron categorizados como más altos en ambas culturas individualistas y colectivistas.
En resumen, el apoyo para este tipo de hipótesis de que los autoconceptos incorporan menos atributos de rasgos en culturas colectivistas, comparado con culturas individualistas, debe ser considerado como una equivocación. El uso de métodos múltiples, incluyendo enfoques más indirectos e implícitos, sería importante en futuros estudios. Por ejemplo, Heine y Lehman (1997a) usaron un paradigma de opción libre y de disonancia para inferir el grado hasta el cual los atributos internos forman una parte central del yo. Estos autores razonaron que los participantes Asiáticos mostrarían una reducción de disonancia menor en tal paradigma comparados con los participantes Norteamericanos, porque la disonancia cognoscitiva sería amenazante sólo para aquellos individuos para quienes sus identidades estarían cercanamente conectadas con sus atributos internos (es decir, aquellos que se identifican con un autoconcepto independiente; Markus y Kitayama, 1991b). Heine y Lehman (1997a) confirmaron esto en una comparación de estudios entre Japoneses y Canadienses.

Inferencias de Rasgos y Contextuales a traves de las Culturas

Muchos de los estudios sobre este tema han incluido atribuciones sobre el éxito académico, y sugieren que la importancia relativa atribuida a la habilidad, el esfuerzo, la dificultad de las tareas, y la suerte en el aprovechamiento son bastante similares a través de las culturas (Chandler, Sharma, Wolf, y Planchard, 1981; Crittenden, 1996; Little, Oettinger, Stetsenko, y Baltes, 1995; Yan y Gaier, 1994). Varias muestras Asiáticas, sin embargo, son comparadas con otros grupos culturales, que han tenido un enfoque más sobre el esfuerzo, por lo cual se supone, es un factor contextual (aunque se piensa que esto tambien pudiera reflejar un rasgo de dedicación. Chen y Stevenson, 1995; Crittenden, 1996; Hess, Chang, y McDevitt, 1987; Mizokaway y Richman, 1990; Stevenson y Lee, 1996; Tuss, Simmer y Ho, 1995). En contraste a esto, los Americanos tienen a poner un mayor énfasis sobre la habilidad (Chandler et al., 1981; Yan y Gaier, 1994). No es claro, si las atribuciones que se tratan de habilidad o aprovechamiento académico generarían más inferencias de disposición que incluyan rasgos de la personalidad. Otros estudios indican que las personas y las culturas individualistas, son comparadas con personas de culturas colectivistas, tienden a percibir los eventos con un locus de control interno (Chan, 1989; Hamid, 1994; Little et al., 1995; Tobacyk y Tobakyk, 1992) .
Más importantes son aquellos estudios que comparan la importancia de los rasgos de la personalidad versus las explicaciones conductuales situacionales en los diferentes grupos culturales. Morris y Peng (1994) y Lee, Hallahan, y Herzog (1996) encontraron que los Americanos, comparados con los Chinos, en artículos de periódicos tienen a hacer más atribuciones disposicionales de la conducta (es decir, en descripciones de un asesinado o de un evento deportivo). S. Choi, Markus, y Kitayama (citados en Markus et al., 1996) encontraron que los estudiantes Coreanos, comparados con los estudiantes Americanos, hacian más inferencias situacionales cuando un asesinato era descrito como algo cometido por un estudiante joven, en vez de un extraño por azar, pero más atribuciones disposicionales cuando el asesinato era cometido por un profesor maduro. Los autores sugieren que para los estudiantes Coreanos las atribuciones disposicionales están basadas en el contexto. Sin embargo, estos estudios no hablan acerca de las disposicional versus la inferencia situaciones en ralación con la conducta de uno en un ambiente naturalista.
Miller (1984) estudió adultos Hindúes-Americanos y Americanos y a niños, a quienes se les pidió que atribuyeran causas a conductas desviadas y pro-sociales que ellos hubieran observado en la gente que conocían. Para los adultos, y no para los niños, los Americanos ponían más énfasis sobre las disposiciones y menos sobre el contexto que los Hindúes-Americanos, especialmente cuando se refería a conductas desviadas. Aunque entre los resultados más persuasivos, este estudio de respuesta a opción libre, está sujeto a una contrainterpretation: Pudiera haber diferencias culturales, no solamente en cuanto al estilo atributivo, pero en cuanto a la aceptabilidad social al comentar sobre las características disposicionales de otros, especialmente cuando se refiere a la conducta desviada.
Dada esta ambigüedad interpretativa de los estudios sobre atribución autoreportada, los paradigmas experimentales relativamente nuevos para investigar inferencias espontáneas sobre los rasgos (p. ej., las inferencias hechas sin intención o conciencia) podrían ser prometedoras para los estudios transculturales, y tal vez podría ser posible extender estos paradigmas para comparar culturas sobre sus tendencias relativas hacia los rasgos espontáneos en contraste con las inferencias situacionales (p. ej. Krull y Dill, 1996; Lupter, Clark, y Hutcherson, 1990). Cuatro estudios encontraron algo de evidencia de que los individuos o grupos étnicos en los Estados Unidos que son más individualistas, también tienden a ser más espontáneos en sus inferencias de rasgos que aquellos que son bajos en sus niveles de individualismo (Duff y Newman, 1997; Newman, 1991, 1993; Zarate y Uleman, citado en Uleman, Newman, y Moskowitz, 1996). Aunque prometedor, ninguno de estos estudios incluyó una comparación trasnacional, probablemente para reducir variabilidad cultural y efectos de tamaño, y solamente el estudio de Duff y Newman (1997) discutió el hecho que los colectivistas podrían mostrar inferencias espontáneas situacionales en mayor número que inferencias de rasgos. Basados en su propia revisión teórica de estudios, I. Choi, Nisbett, y Norenzayan (1999) también concluyeron que las inferencias espontáneas de rasgos tal vez son menos prevalecientes entre colectivistas, pero que tal vez la evidencia para ello es todavía pequeña y no muy robusta (p. 49).
Choi y otros (1999) comentaron que la evidencia que sugiere que: (a) los individuos de culturas asiáticas no son inmunes al sesgo de correspondencia o el error fundamental atributivo, es decir, a la tendencia de atribuir (o sobre atribuir) conducta a rasgos, mientras subestiman el papel causal de los factores situacionales (p. ej., I. Choi y Nisbett, 1998); y (b) los individuos en culturas Orientales Asiáticas tienen a proveer inferencias que son más disposicionales, pero también usan mas información situacional para explicar o predecir conducta, asumiendo que la información situacional es lo suficientemente sobresaliente (I. Choi y Nisbett, 1998; Morris y Peng, 1994; Norenzayan, Choi, y Nisbett, citados en I. Choi y otros, 1999). De hecho, I Choi y otros (1999) concluyeron que las diferencias culturales sobre atribuciones causales son tal vez debidas a diferencias en inferencias disposicionales, las cuales tal vez son un poco más débiles en culturas colectivistas que en culturas individualistas.

Tendencias de Automejoramiento

Los psicólogos culturales predicen que los individuos con autoconceptos independientes serán más susceptibles a varias tendencias de automejoramiento que los individuos de autoconceptos interdependientes. De hecho, algunos estudios sugieren que las personas en culturas colectivistas, comparadas con culturas individualistas, tal vez mostraran menores tendencias sobre: (a) efectos falsos de unicidad (es decir, a sobreestimar la unicidad de sus propios atributos positivos, Markus y Kitayama, 1991a); (b) optimismo no-realista acerca de la probabilidad de eventos positivos y negativos que le suceden a uno en contraste con lo que les sucede a otros (Heine y Lehman, 1995a); y (c) a las evaluaciones automejoradas del aprovechamiento del endogrupo (Akimoto y Sanbonmatsu, 1999; Hanover, 1995; Heine y Lehman, 1997b; vease también Brockner y Chen, 1996). Los resultados de los estudios transculturales de sesgos de autoservitud y positividad en atribuciones (p. ej., al enfatizar sobre atribuciones internas para los éxitos que para las fallas) son aún mixtos (Al-Zahrani y Kaplowitz, 1993; Chandler y otros, 1981; Crittenden, 1996; Kashima y Triandis, 1986; F. Lee, Halladan, y Herzog, 1996; Y.-T. Lee y Seligman, 1997).
La evidencia más importante para la evaluación de rasgos, procede de las diferencias culturales en automejoramiento cuando se completan inventarios de personalidad. Hay evidencia, de que muestras norteamericana, comparadas con muestras asiáticas, demuestran un puntaje más alto de medidas típicas de autoestima y en listas de declaraciones positivas acerca de uno mismo cuando se completan formas como el Test de Veinte Enunciados (en Ingles: Twenty Statements Test) (Bond y Cheung, 1983; Campbell y otros, 1996; Crocher, Luhtanen, Blaine, y Broadnax, 1994; Diener y Diener, 1995; Heine y Lehman, 1997b; Ip y Bond, 1995; Kityama y otros, 1997). Estos resultados son consistentes con los de Kitiyama y otros (1997) sobre la teoría constructionista del yo, para la cual las tendencias culturales sobre atributos de automejoramiento en contraste con las tendencias a la autocrítica y sobre el autoconcepto son prevalecientes en diferentes culturas (p. ej. El que las situaciones sean vistas como oportunidades para aumentar la autoestima o la autocrítica). Usando una medida más indirecta de la autoestima, sin embargo  -las autoevaluaciones de cartas y los números que aparecen en los nombres y cartas de cumpleaños de sujetos- Kitayama y Karasawa (1997) concluyeron que los japoneses poseen una estima muy profunda acerca del yo, pero que esta autoestima positiva se distingue al responder sobre preguntas explícitas de autoreferencia por la tendencia a poner atención a las características negativas del yo.
Si las personas de las culturas individualistas muestran una mayor tendencia hacia el sesgo de automejoramiento, entonces esperaríamos que ellos mostrasen un puntaje más alto en respuestas con deseabilidad social. Sin embargo, no existe un patrón consistente en este aspecto. De hecho, en algunos estudios, los sujetos supuestamente de culturas colectivistas (p. ej. Mexicanos, africanos, y de sri lanka) han respondido en una manera más deseable socialmente que las muestras de culturas individualistas (p. ej. Norteamericanos, canadienses, británicos; Mmamwenda, 1993; Perera y Eysenck, 1984; Ross y Mirowsky, 1984). Grimm y Church (1999) encontraron que los norteamericanos se evalúan a sí mismos en términos de rasgos, de una manera sociable y deseable más que los Filipinos. Sin embargo, Heine y Lehman (1995b) no encontraron diferencias entre asiáticos en Canadá y los europeos-canadienses en la automentira y las escalas de Manejamiento de Impresión de Paulhus (1998) en el Inventario Balanceado de las Respuestas de Deseabilidad Social.
Dos estudios incluyeron comparaciones directas de sí mismo en contraste con las evaluaciones de compañeros como un índice de tendencias hacia el automejoramiento. Falbo, Poston, Triscari, y Zhang (1997) encontraron que los niños chinos exhiben tendencias de automejoramiento, y autoevaluaciones sobre atributos y rasgos en una manera más positiva que los compañeros, padres y maestros, y en una manera más positiva que las evaluaciones especificas de los compañeros de clase. Yik y otros (1998) encontraron un porcentaje más alto en norteamericanos que en estudiantes chinos en tendencias de automejoramiento sesgado en sus evaluaciones de rasgos, relativamente comparado con sus compañeros. Sin embargo, dos hallazgos que es importante mencionar en lo que se refiere a diferencias individuales desde la perspectiva de los rasgos. Primero, en ambas culturas, las tendencias de automejoramiento y tendencias de subestima en individuos se pudieron identificar. Segundo, aún en la muestra china, la mayoría de los sujetos mostraron tendencias hacia el automejoramiento con rasgos agénticos, pero con tendencias de subestima en rasgos comunales. Estos hallazgos sugieren que ambas diferencias intraculturales y diferencias interculturales en automejoramiento y subestimación pueden estar asociadas con diferencias subyacentes de rasgos (cf. Pualhus y John, 1998).
Finalmente, en un estudio por Campbell y otros (1996) sugiere otra forma a través de la cual diferencias culturales en autoconcepto podrían impactar la exactitud y validez de las evaluaciones sobre rasgos a través de culturas. Estos investigadores encontraron que los sujetos japoneses mostraron niveles más bajos de claridad en su autoconcepto que los sujetos canadienses, y que la claridad de autoconcepto estaba positivamente asociada con la consistencia interna y la estabilidad temporal de las autoevaluaciones de rasgos.
En resumen, desde la perspectiva cultural de la psicología y desde la perspectiva de estudios culturales comparativos y etnográficos, los siguientes hallazgos pueden ser presentados de la siguiente manera: (a) la evidencia de que los individuos en todas las culturas incorporan rasgos y otros atributos internos en su autoconcepto, junto con la evidencia mixta de que los autoconceptos son menos rasgados en culturas colectivistas; (b) la evidencia limitada de que los individuos en culturas colectivistas, cuando son comparados con culturas individualistas, atribuyen la conducta de menos rasgos de personalidad, que en las culturas colectivistas y más a factores contextuales; (c) la creciente evidencia de que individuos en culturas individualistas exhiben ciertos sesgos de automejoramiento en mayor porcentaje que en culturas colectivistas; y (d) las perspectivas teóricas relacionadas con las prácticas e instituciones culturales, y asociadas con las dimensiones de cultura (es decir, individualismo-colectivismo, autoconcepto independiente en contraste con interdependencia) de la rasgosidad del autoconcepto, atribuciones, y la conducta, y de la exactitud y significado de las evaluaciones de rasgos.

Hacia Una Psicología Cultural Integrada de Los Rasgos
Consideraciones Generales

Las perspectivas de la psicología cultural y de los rasgos son algunas veces vistas como algo incompatible (Shweder, 1991). Parece posible, sin embargo, poder integrar ambas aproximaciones, si una pudiera refutar los puntos de vista más extremos de aquellos que cuestionan la idea de que la persona individual es una entidad psicológica separada con un sentido de yo único, y con procesos psicológicos y características  internas. En una crítica detallada del razonamiento conceptual y de la evidencia empírica de este punto de vista, Spiro (1993) concluyó que, tal falta de diferenciación entre el yo-y-el-otro en las culturas occidentales es dudosa, y que algunos autores tal vez han coincidido en la distinción entre la autonomía interpersonal y la autonomía intrapsíquica .
De hecho, etnógrafos discuten que la habilidad para diferenciar el yo de otros y del mundo de objetos, es un hecho básico de la naturaleza humana en todas las culturas (Hallowell, 1955; Kirkpatrick y White, 1985; Lebra, 1994, 1994; Lutz, 1985; Mathews, 1996; Wierzbicka, 1993). Por ejemplo, Lutz (1985) arguye de que sin una noción del yo como algo distinto de los otros yoes y de los objectos, la creación, percepción, y la construcción del mundo social y del orden moral sería imposible (p. 36). Lebra (1994) indicó que un descubrimiento de la variación cultural en autoconciencia no desaprueba sino que confirma la tesis universal del yo (p. 105). Wierzbicka (1993), aunque no disputa que las teorías folkloricas de algunas culturas son un énfasis menor sobre la unicidad y las separaciones de la persona como una entidad completa distinta, indica que las investigaciones translingüísticas demuestran que la idea de una persona que piensa, quiere, siente, y conoce, (también que dice y hace varias cosas) parece ser un fenómeno universal (pp. 212-213). Entonces, discute que el concepto de una persona individual es una probabilidad del todo universal (nota al pie numero 3) y que la idea de que la noción de persona es un producto de la cultura occidental simplemente es invalida (p. 210).
Fiske (1995) también sostiene que aún en las culturas que explican la conducta en términos de papeles sociales y de normas, los individuos están conscientes de sus propias metas privadas y de sus deseos, especialmente cuando éstas se encuentran en conflicto con sus obligaciones sociales. De hecho, Sekikides y Skowronski (1997) discuten que el yo simbólico de la adaptación evolucionista, aunque sus contenidos varían a través de las culturas, todos los individuos tienen un yo simbólico distinto en cual incluye, entre otras cosas, una representación de las características de la personalidad de uno.
Además, uno puede adoptar un punto de vista de la psicología cultural de que la persona y la cultura se encuentran mutuavente constituidos sin ignorar la evidencia y el papel potencial de los rasgos heredados. Los psicólogos evolucionistas nos recuerdan, por ejemplo, que el decir que los fenómenos psicológicos son socialmente construidos solamente significa que el ambiente sociocultural provee algunos de los inputs usados por los mecanismos psicológicos del individuo (Buss, 1995). Similarmente, al nivel individual, podemos discutir que los rasgos heredables de la personalidad son ya existentes con prioridad (a priori) a la cultura, es decir, se encuentran codificados en el génoma del individuo antes de cualquier exposición cultural durante su desarrollo. Estas disposiciones heredables pueden (a) tener influencia sobre como uno procesa y reacciona al input de la cultura y por lo tanto constituye una fuente adicional de la variabilidad individual en la conducta, y (b) constribuye hacia el mantenimiento o al cambio de las instituciones y prácticas culturales. Al mismo tiempo, la cultural probablemente influenciaría la manera y hasta qué punto los rasgos se expresan en determinados contextos. McCrae y Costa (1996) discuten un punto similar en su teoría de la personalidad de acuerdo a los Cinco Grandes cuando distinguen entre las tendencias básicas heredables tales como los rasgos de los Cinco Grandes, las cuales ellos ven como independientes de la cultura, y las adaptaciones características tales como los autoconceptos y los deseos personales, los cuales son vistos como una función conjunta de las tendencias básicas y de las influencias externas tales como normas culturales.
Los psicólogos culturales algunas veces reconocen las limitantes biológicas sobre la persona (Kitiyama y Markus, 1999; Markus y Kitiyama, 1998), pero no han hablado hasta ahora de lo que implican estas limitantes sobre el contenido y los procesos del yo, sobre las atribuciones disposicionales y situacionales, o sobre la consistencia conductual. Por supuesto, una cuestion relacionada con la investigación empírica es, si las influencias socioculturales en algunas culturas son más fuertes y pervasivas hasta el punto de que cualquier variabilidad individual que pueda resultar de los rasgos heredados es suprimida completamente, pero esta posibilidad parece algo improbable.
En su esfuerzo por diferenciar los autoprocesos asociados con el individualismo y el colectivismo, los psicólogos culturales han tendido a no ponerle mucha importancia o a ignorar el papel moderador de las disposiciones de la personalidad. Markus y Kitiyama (1998) reconocen que el papel de la distintividad individual en el Japón, por ejemplo, al constrastar estudiantes que se clasifican de acuerdo al papel del estudiante rashii por ser ya sea, inteligente o entusiasmado, pero notan que ésta dinstintividad en sí misma es predicada en la naturaleza contingente del contexto de la persona (p. 73); es decir, supuestamente, el ser un estudiante diligente no necesariamente implicaria nada acerca del concepto mas amplio de conciencia. Kitiyama y otros (1997) también conceden que algunos individuos podrían resistir la tendencia central cultural, por ejemplo, al buscar más la independencia o la interdependencia de sus normas culturales, pero a no considerar explícitamente si éstas diferencias intragrupales podrían estar asociadas con rasgos pertenecientes de la personalidad, tales como la abertua a la experiencia o la autonomia.
Algunos ejemplos como diferencias individuales, podrían ser incorporadas en los estudios de la psicología cultural pueden ser útiles. Kitauama y otros (1997) discuten que las situaciones son más aptas a ser construidas como algo que promueve la autoestima en los Estados Unidos, pero como una oportunidad para la autocritica en el Japón. Los neuróticos en cualquier cultura que son comparados con los individuos emocionalmente más estables, ¿serían más propensos a consutir las situaciones en una manera autocritica? Además, los teóricos del rasgo discuten que, los rasgos son expresados no solamente en la construcción de situaciones sino en la búsqueda de situaciones donde existen rasgos congruentes con dichas situaciones (Ickes, Zinder, y Garcia, 1997). ¿No es verdad que los individuos en todas las culturas manifiestan sus rasgos, al menos en cierto grado, en su selección de situaciones? Otro ejemplo es cuando Yik y otros (1998) mostraron que incluso en las culturas colectivistas existen diferencias individuales en la tendencia a automejorse en contraste con la tendencia a autosubestimarse en evaluaciones de la personalidad. ¿A poco no estas diferencias individuales en tendencias a auto-mentirse estarian relacionadas con antecedentes de rasgos o motivos, como Paulhus y John (1998) lo han sugerido?

Hacia un Modelo Integrado

Si asumimos que ambas perspectivas de la psicología de los rasgos y la psicología cultural están correctas, entonces la Figura 1 provee un resumen esquemático de como algunos aspectos de un marco conceptual se mirarían. El modelo trata solamente la rasgosidad de los autoconceptos, atribuciones, y las conductas, y la exactitud de las evaluaciones de rasgos a través de las culturas, porque estas son hoy en día las áreas principales de la intersección entre la psicología de los rasgos y la psicología cultural.
 
 
 
 

Comenzando donde la variable persona, el marco conceptual incorpora rasgos universales que son culturales, evolucionados y heredables, los cuales existen con prioridad a cualquier influencia cultural sobre el individuo, pero que su manifestación en diferentes contextos pueden ser influenciados por la cultura. La existencia de rasgos heredables con significancia adaptativa, combinada con una perspectiva ecologista-realista sobre la percepción de la persona (Baron y Misovich, 1993; McArthur y Baron, 1983) conduce a predicciones de que los rasgos, serán elemento del autoconcepto y serán espontáneamente inferidos y percibidos con algo de exactitud en todas las culturas (vease la flecha en la parte de debajo de la Figura 1). La perspectiva ecologista-realista postula, con algo de apoyo empírico, que las disposiciones pueden ser directamente percibidas a través de indicadores evolucionados (p. ej. Expresión facial, postura al caminar, cualidades vocales, etc.) especialmente si uno puede observar a la gente en el contexto de actividades que son importantes en cuanto a rasgos (Baron y Misovich, 1993; Zebrowitz-McArthur, 1988). Hallazgos del acuerdo significante entre uno y companeros, aún después de una exposición mínima con los individuos en cuestión, también apoyan la posición ecologista-realista de que los rasgos son reales y directamente observables desde pistas minimas visuales o verbales (p.ej. Borkenau y Liebler, 1993; Funder y Colvin, 1988; Watson, 1989). La perspectiva ecologista-realista, es también consistente con la teoría evolucionista de Buss (1996), la cual postula que los seres humanos han evolucionado mecanismos para detectar diferencias, las cuales son dan habilidad para colocar a otros, en las dimensiones de los Cinco Grandes.
Al mismo tiempo, debido a diferencias ecológicas, institucionales, y sociohistóricas, las culturas vienen a diferir a lo largo de éstas dimensiones asociadas con el individualismo y colectivismo, incluyendo las diferencias en los autoconceptos independientes e interdependientes (p. ej. Markus y otros, 1997; Triandis, 1995). Desde la perspectiva de la teoría del individualismo-colectivismo, podemos predecir diferencias culturales en el impacto de los factores contextuales tales como los papeles sociales, las normas y los contextos situacionales sobre los autoconceptos, las inferencias de rasgos, y sobre la consistencia de la conducta (vease el lado derecho y la flecha en la parte inferior de la Figura 1).
También incluído en la Figura 1, se encuentran algunas variables mediadoras que se hipotetizan y exhiben variabilidad cultural e individual. Una se refiere a las teorías implícitas o creencias acerca de la rasgosidad en contraste con la naturaleza contextual de la conducata.  Los psicólogos culturales y los teóricos del individualismo-colectivismo han hipotetizado que las teorías implícitas que favorecen el rasgo y las explicaciones disposicionales, pudieran ser más prevalecientes en las culturas individualistas donde tal vez es más instrumental la disposiciones, y al contrario, en culturas colectivistas las creencias implícitas pondrían más énfasis sobre la naturaleza contextual de la conducta. En estas culturas se esperaría como un objetivo más alto el tener determinantes contextuales predictivos de la conducta (Krull, 1993; Markus y Kitayama, 1991b; Newman, 1993).
Las diferencias individuales y culturales en la rasgosidad actual en contraste con la naturaleza situacional de la conducta posiblemente relacionado con las diferencias en autorregulación social (p. ej., Zinder, 1974, 1987) también se incluyeron como una variable mediadora en la Figura 1. Como se muestra, se espera que las creencias implícitas de los individuos y las culturas acerca de la rasgosidad en contraste con la naturaleza contextual de la conducta estarán a lo menos, moderadamente relacionadas con la rasgosidad actual de su conducta, porque las creencias de las personas estarán basadas parcialmente en sus observaciones de su propia conducta y de la de otros. Las personas de culturas colectivistas se espera que muestren un nivel más alto de autorregulación social, en promedio, y por lo tanto mostrarán menos consistencia conductual en conductas relacionadas con los rasgos.
En la parte inferior de la Figura 1, se muestran algunas implicaciones seleccionadas de un modelo integrado para la naturaleza de la rasgosidad en contraste con la naturaleza contextual de los autoconceptos, y de los autoprocesos relacionados con la exactitud de las evaluaciones basadas en rasgos (p. ej. las tendencias al automejoramiento), las atribuciones causales, y la cosistencia conductual. Algunas de las predicciones difieren de lo que la psicología de los rasgos o la perspectiva de la psicología cultural podrían predecir por sí mismas. Por ejemplo, aunque se incorporan las hipótesis de la psicología cultural acerca de que la inferencia situacional, en vez de la inferencia basado en rasgos, será más sobresaliente en las culturas colectivistas, la integración de una perspectiva de rasgos que conduce a predicciones adicionales de que las personas en todas las culturas diferiren en rasgos espontáneos hasta cierto punto, sobre todo en condiciones apropriadas. Esto es consistente, por ejemplo, con la conclusión de Choi y otros (1999) de que la inferencia disposicional existe en todas las culturas, aunque tal vez más débil en las culturas individualistas, que los individuos en algunas culturas (p. ej. Asia Oriental) son más sensibles a la información situacional, asumiendo que ésta es lo suficientemente sobresaliente (I. Choi y Nisbett, 1998; Norezayan, Choi, y Nisbett, citado en I. Choi y otros, 1999).
La evidencia disponible que trata muchos de los aspectos del modelo integrado es muy limitada y se ha resumido en secciones anteriores del artículo. Una visualización más completa del modelo requirirá los siguiente elementos: (a) evaluación transcultural de las teorías implícitas acerca de la rasgosidad en contraste con la naturaleza contextual de la conducta ; (b) la adaptación de los inventarios existentes sobre autorregulación social para poner énfasis sobre aquellos aspectos del constructo que sea más importante para las diferencias transculturales e individuales en la consistencia conductal relacionada con los rasgos; (c) estudios adicionales sobre la disponibilidad o accesibilidad de los aspectos internos (idiocéntricos) o contextuales (alocéntricos) del autoconcepto, usando métodos que vayan más allá del Test de los Veinte Enunciados (p. ej. Inventarios objectivos de los aspectos de la identidad; o los inventarios indirectos o implícitos, p. ej., Heine y Lehman, 1997a); (d) estudios adicionales transculturales sobre las atribuciones disposicionales en contraste con las contextuales, con un enfoque especialmente sobre las conductas en ambientes naturalistas, además de estudios transnacionales que apliquen paradigmas existentes para el estudio de rasgos espontáneos en contraste con inferencias situacionales; (e) estudios transculturales sobre las tendencias de automejoramiento en las evaluaciones de la personalidad, usando muestras mas amplias de culturas individualistas y colectivistas, y con en enfoque más amplio sobre el posible papel de las diferencias individuales en estas tendencias; (f) estudios comparando la validez de criterio en las evaluaciones de rasgos a través de culturas diversas, usando medidas equivalentes y criterios comparables; (g) estudios culturales comparativos de la consistencia conductual basada en rasgos, especialmente usando métodos de muestreo basados en la experiencia u observaciones conductuales en ambientes naturalistas; (h) estudios culturales comparativos acerca de la variabilidad a través de papeles sociales cuando se trata de evaluaciones de rasgos (p. ej. Sheldon, Ryan, Rawsthorne, y Ilardi, 1997), los cuales podrían tratar sobre las diferencias transculturales en la consistencia conductual y sobre las conceptualizaciones de la coherencia en la personalidad; (i) estudios longitudinales; los puntajes sobre rasgos serán menos estables en las culturas colectivistas a largo tiempo; y (j) estudios comparativos del acuerdo entre jueces (interjudge agreement) en juicios sobre la personalidad usando dimensiones comparables de rasgos y jueces a través  de las culturas; tales estudios podrían tratar el grado hasta el cual las mismas variables moderan el acuerdo entre jueces en las diferentes culturas (p. ej. Las características de los jueces, las metas en juicio, y los rasgos siendo evaluados; Funder y Colvin, 1997).

Cuestiones y Necesidades Adicionales de Investigación

En relación con con la aproximación transcultural de los rasgos y en una manera general, la investigación sobre la comparabilidad de la personalidad en estudios trasnsculturales necesita extenderse hacia la organización de las dimensiones inferiores en una estructura jerárquica de la personalidad. La investigación existente se ha enfocado exclusivamente en dimensiones superiores como en el caso de los Cinco Grandes. Se necesitan esfuerzos más grandes para identificar y evaluar los constructos de la personalidad indígena y para determinar si estos agregan algo a los Cingo Grandes, especialmente en predicciones de criterios que son importantes para la sociedad. Más estudios sobre diferencias culturales basados en la media aritmética para determinar los rasgos puede adelantar nuestro entendimiento de cómo la cultura moldea la personalidad, asumiendo que los métodos que se han adoptado, pueden eliminar interpretaciones rivales sobre diferencias en los puntajes (p. ej. Sesgos en respuestas, falta de equivalencia métrica).
Para poder desarrollar un modelo de la psicología de los rasgos que este completamenta integrado, cuestiones acerca de mas investigación, tales como las siguientes se deben de tratar (véase también a McCrae, en prensa). ¿Qué tan comparables son las manifestaciones conductuales de los rasgos universales a través de las culturas? ¿Cuáles son las condiciones de los rasgos particulares, que pueden ser libremente expresados o inhibidos en las diferentes culturas? ¿Es cierto que personas en culturas individualistas, comparadas con personas en culturas colectivistas, tienen mayor libertad para encontrar situaciones que son congruentes con ciertos rasgos? ¿Es cierto que los rasgos heredables y las influencias socioculturales interactuan en una manera similar a través de las culturas en la formación de variables mediadoras cognicitivas y afectivas tales como expectativas, humor, metas, y planes (p. ej. Mischel y Soda, 1995)? ¿Son los múltiples aspectos del yo en las personas de culturas individualistas más congruentes que en las personas de culturas colectivistas, y es esta congruencia más importante para el bienestar subjectivo en las culturas individualistas? ¿Es la consistencia conductual en papeles sociales (p. ej. Sheldon y otros, 1997) integrada por diferencies implicaciones para el ajuste psicológico o el bienestar en diferentes culturas? ¿Serán los perfiles basados en la situación y la conducta (p. ej. Mischel y Soda, 1995) más importantes en la descripción de la personalidad y de la conducta en culturas colectivistas que en las culturas individualistas? ¿Será la incorporación de un contexto situacional en reactivos de la personalidad más importante en culturas colectivistas que en las culturas individualistas para una evaluación más válida y significativa? ¿Será más crucial el desarrollo de una taxonomía interaccionista entre la personalidad y la situación (p. ej. Murtha, Kanfer, y Acherman, 1996) cuando se trata de descripción y evaluación de la personalidad en culturas colectivistas que en culturas individualistas, y que tan comparable seran estas taxonomías interaccionistas a través de las culturas?
Finalmente, ¿serán suficientes las distinciones amplias entre las culturas individualistas y colectivistas (o autoconceptos independientes e interdpendientes) para explicar las diferencias culturales sobre la rasgosidad de los autoconceptos, las atribuciones, y la conducta, o se requerirá de una mayor calibración o un mayor número de distinciones multidimensionales?
En resumen, la posición aquí tomada es de que la integración de las pespectivas dominantes de la psicología de los rasgos y de la psicología cultural en el estudio de la cultura y la personalidad son posibles, y que tal integración incluiría modelos integrados y cuestiones de investigación tales como los que hemos propuesto. Un objetivo de este artículo ha sido el facilitar una síntesis de la teoría y la investigación desde ambas perspectivas, con la expectativa de que tal síntesis conducirá a una descripción más completa y exacta de la relación entre la cultura y la personalidad.
 
 

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